LIBRERIA HISTORICA EL TOROGOZ
MODESTO RAMIREZ FELICIANO AMA.  FRANCISCO SANCHEZ FARABUNDO MARTI  1932 testimonio  1932

               .1932: SETENTA AÑOS DESPUES 2002


(Este material fué enviado y esperamos no causar malestar a quien goce de su propiedad en derecho)


FAMILIA AMA
wpe2.jpg (8927 bytes)La memoria prohibida y los sobrevivientes del 32

¿Qué significa ser descendiente de Feliciano Ama en el siglo XXI? A setenta años de los hechos, Vértice corealizó una investigación -junto a un cineasta salvadoreño- que recoge el testimonio de la familia que sobrevivió la tragedia y la barbarie del levantamiento indígena de 1932.

Ama es una conjugación verbal simple del modo indicativo. En San Salvador, esa palabra no es nada por si sola; pero, en Izalco, Sonsonate, es un nombre que evoca sensaciones opuestas

La historia de los hechos de 1932 vinculados con Feliciano Ama ha sido objeto de estudio de historiadores de derecha o izquierda.
Pero, ninguno, se ha aproximado tanto a la fibra o al corazón de ello como el cine independiente. El trabajo del documentalista Daniel Flores -al que me sumé el año pasado- lo logra.
Feliciano Ama, para unos, no debió haber nacido; para otros, fue un mártir; para su familia solo fue un hombre, su padre, su tío, su abuelo.
Hace 70 años, el cuerpo de José Feliciano Ama pendía de una ceiba frente a la Iglesia de la Asunción y los soldados ordenaban que los niños se colgaran de sus piernas y le quemaran la barba con trozos de carbón. Aquel día, el levantamiento indígena de 1932 murió tan pronto como había arrancado.
¿Era inevitable la muerte de su abuelo? pregunto a José, un ex seminarista de la Iglesia Católica e hijo de una de las hijas que sobrevive a Feliciano. Medita un instante y visualiza: “Si todo aquello hubiera sido en otra época, mi abuelo no habría muerto; hubiera sido juzgado en un tribunal con defensor. Pero le tocó vivir eso”.
José, como toda la familia Ama, se distancia de los matices políticos. No simpatiza con el uso del nombre que han hecho de su abuelo.
“Yo estoy consciente que el finado de mi abuelo murió de una forma equivocada. Estoy consciente que él nunca tuvo necesidad de robarle a alguien. Más bien, este señor sirvió como cebo de alguien”, sostiene, orgulloso de su apellido.


El mayordomo mayor

José Ama es hijo de doña Paula, de casi 90 años de edad, una anciana que llora cuando revive aquellos días trágicos que le costó la vida a su padre.

wpe3.jpg (7811 bytes)“Ah, lo que ya pasó, pasó”, protesta Paula y rompe en sollozos.
“Ella se pone bien mal cuando se habla del tema (...) a mi finado abuelo lo mataron el 28 de enero, el día del cumpleaños de mi mamá. Ella tenía 19 años”.
¿Qué hicieron con ella? insisto. “La intimidaron”, remata.
La historia del suplicio que vivió l familia Ama, a lo largo de setenta años, nadie lo ha contado; pero es más fácil interpretarlo a partir del testimonio de don Juan Ama, sobrino de Feliciano.
La memoria de este hombre de 96 años fue el eje de la investigación hecha por el documentalista Flores .
El liderazgo de Feliciano se comprende a partir del día en que se casó con Josefa, la hija de Patricio Shupan, quien era el mayordomo principal de la Cofradía del Corpus Christi y el cacique de Izalco.
La Cofradía es la fiesta religiosa exclusiva de los indígenas. Ahi el poder giraba en torno al cacique, quien mediaba la relación de poder entre el mismo presidente de la República y la comunidad querepresentaba.
Él era el jefe de la comunidad indígena; no era un funcionario del gobierno ladino, sino una autoridad extralegal cuyo poder residía en el reconocimiento que su pueblo le concedía.
“Era un antigua, era principal del pueblo, era cacique, mayordomo”, nos explica don Juan, y relata que Shupan vio con buenos ojos a Feliciano por su humildad.
Feliciano, antes de casarse, “era pobrecito, trabajaba con la cuma, era jornalero, pues; hasta que se casó, se fue levantando”, gracias al apoyo de su suegro que lo involucró en sus tareas como un hijo.
Patricio Shupan era jefe de Izalco y bajo su mando estaban los designios de los cantones Tunalmiles, Higueras, La Quebrada y Tescal, entre otros. Su poder había sido concedido por la misma comunidad.
Junto a Shupan estaba José Feliciano, que se encargada de recibir a los mandaderos de la Cofradía, llevar la recolección de las ofrendas que se hacían para celebrar las fiestas y acompañar a su suegro a reuniones presidenciales.
“Iban al cerro, a dejar una candela para que no se encareciera la comida y eran los principales de las mayordomías”, nos explica, vívidamente, don Juan.
Don Juan se aferra a un bastón de cedro mientras cuenta sus recuerdos. “Cuando vino José Feliciano ya había trabajo. Patricio fue quien conoció las tierras comunales”.
Las tierras comunales es la semilla de la discordia que desembocó en el baño de sangre en 1932.
Don Juan rememora que “cuando (Tomás) Regalado era presidente le regaló 40 manzanas a su yerno con sus escrituras. ¿Y quién le decía algo? Y no él mandaba, pues. Él disponía como si fuera el dueño”; pero, don Juan, enfatiza que “las tierras comunales eran del Padre Poderoso... para los indios...”.
Los indígenas empezaron a ser expropiados y Shupan empezó a reclamar lo que -desde su punto de vista- les pertenecía.

El “bocado”

Pero el destino de los Ama se marcó en 1917 luego que Shupan asistiera a un almuerzo en la residencia presidencial. Don Carlos Meléndez fue el anfitrión.

Shupan salió de Casa Presidencial sintiéndose mal, con un fuerte dolor en el estómago. Todavía tuvo tiempo de abordar el tren de regreso a casa, pero, cuando llegó a la estación de Izalco, había muerto.
“Ahi empezó la vida de mi tío”, reflexiona don Juan.
wpe4.jpg (6737 bytes)De la noche a la mañana, este hombre, de 1.70 m. de altura, oriundo de Izalco, que nació en 1881, que usaba pelo corto, bigote y barba bien recortada, vestía cotón (camisa y calzón de manta), caites y sombrero de palma, tuvo que convertirse en el nuevo cacique.
“Él era una persona muy sencilla, no como lo quieren pintar ahora, como un gran personaje. Era una persona de voz suave, de hablar suave, pero claro. No hablaba mucho en castilla sino en lengua (nahuatl). Era un señor muy respetativo con todo el personal; no tenía ningún enemigo. No ofendía a nadie de ninguna manera”, recuenta su sobrino.
José Feliciano prosiguió el mandato que se le había legado y continuó la demanda de las tierras comunales. Mas la llegada de los años 30 aceleró el ritmo de la historia.
“Zapata y Luna le calentaron la cabeza. Mi tío era jefe de las tierras comunales. Tenía varios cantones a sus manos (Los Lagartos, San Isidro...). Tenía agarrado todo eso. Y por eso vinieron”.
Los universitarios Mario Zapata y Alfonso Luna llegaron a Izalco en busca de un líder y lo encontraron en el jefe del pueblo.

la mesa mágica

Durante una de las fases de la investigación, se logra reunir a don Juan y doña Paula, primos hermanos, para hablar sobre sus recuerdos.

“A mi finado tata, le gustaba sembrar maíz negro. Ahi había maíz negro”, dice doña Paula y luego insiste en olvidar el pasado.
“Si... lo que ya pasó, ya pasó, pero mucha gente está equivocada y creen que José Feliciano fue el compromiso de la matanza y él no debía nada (...) A él, las lenguas lo mataron. Eso fue matanza, pero por lengua”, insiste don Juan.
Para nadie es un secreto que Feliciano era el líder del movimiento que reclamaba la devolución de las tierras comunales. Zapata y Luna le garantizaron que lo iban a lograr .
Sin embargo, lo que nadie recuerda es que el cacique de Izalco consultaba a una mesa mágica en busca de respuestas.
“Esa mesa era de los antiguas y se la vendieron a mi tío. Y ese fue su error porque siempre que le preguntaba ‘¿cómo vamos? ¿vamos a ganar (las tierras comunales)?’, la mesa le respondía que sí, pero nadie le enseñó a usarla bien”, interpreta don Juan.
En otras palabras, nunca supo cómo funcionaba la mesa mágica y “ese fue su error”.
Luego, la memoria sobre la noche del viernes 22 de enero de 1932, se confunde en dos planos.
Primero, Feliciano y sus seguidores se reunieron en el pueblo de Izalco y gritaban “¡Nosotros queremos las tierras, somos comunales!”.
“Se juntaron todos con piedras y machetes. Cuando mi tío fue a atacar Sonsonate fue con 200 hombres. Pero fueron de brazos cruzados, porque mi tío las uñas largas llevaba”, ilustra don Juan en referencia a las armas de José Feliciano.
Pero, segundo, don Juan también recuerda que en la madrugada llegó gente de Juayúa a bordo de un camión. Lo que siguió marcó la suerte de su tío Feliciano.
“Los de Juayúa hicieron caballadas. Mataron al alcalde y a Rafael Trillos. Rompieron con todo y dejaron babosadas en las calles, azadones, cumas y llenaron el camión con lo que podían” .. hicieron caballadas y de todo eso le echaron la culpa a mi tío”.

El fuego militar

José Feliciano regresó a Izalco sin que temiera por su vida, a pesar que los ladinos empezaron a pedir su wpe6.jpg (8234 bytes)cabeza.

Su nieto, recuerda que “el abuelo se fue a unos huatales en las afueras de Izalco”, y dice que “el finado abuelo” nunca analizó que lo verían como culpable de lo que pasó en Izalco.
“Qué se iba a quitar el pencazo, el pobre”, sentencia don Juan.
El general Maximiliano Hernández Martínez contuvo el levantamiento y apuró el envío de refuerzos a los poblados críticos.
“Martínez encomendó a su compadre Alfonso Marroquín y a Tito Calvo” quienes “trajeron soldados de Chalatenango y San Miguel”, relata don Juan, “ellos agarraron la coba y no dejaron santo parado de los indios... pao-pao-pao-pao... y a cada rato los tiros”.
La versión de don Juan dice que la misión de atrapar a José Feliciano fue encomendada a Cabrera, el comandante de la estación de Izalco. “Salieron con tres perros hacia el potrero. Iban con 30 soldados vestidos de paisano y cuando llegaron al potrero más pequeño, estaba acurrucado. ‘Ajá, vos sos ¿no?’, le dijeron. El tío José dijo: ‘sí, yo soy Ama’. Lo amarraron y lo presentaron a la alcaldía”.
¿Qué más recuerda? pregunto.
“Los de la Alcaldía lo vieron mal. Le fue mal... se equivocó bastante en ese trabajo”, dice, reflexivo, “si él se hubiera ido a presentar al gobierno a que lo mate, quizá estuviera vivo (...) El murió ignorante, trabajando estaba en lo de la tierra comunal y los ladinos le pusieron comunista”.
Eleuterio Campos y Alejandro Trujillo, al parecer, fueron quienes señalaron a Feliciano.

Ley del talión

La ceiba donde colgaron el cuerpo de José Feliciano se sequó y hoy, en ese lugar, yace una fuente vacía. Pocos de los que llegan al parque, saben que ahi hubo un linchamiento en 1932.

Paradójicamente, quienes lideraron el operativo militar en Izalco, el general Alfonso Marroquín y el coronel Tito Tomás Calvo fueron fusilados por el mismo hombre que les ordenó socavar la rebelión indígena.
El 2 de abril de 1944, una sublevación militar intentó derrocar a Hernández Martínez; pero no tuvo éxito. El 10 de abril, en los patios de la Policía Nacional, Marroquín y Calvo enfrentaron el petolón de fusilamiento.
En su casa humilde, don Juan Ama, rememora y analiza todo con la sabiduría. Cada tarde, frente a las ruinas de la casa que le derrumbó el terremoto el año pasado, observa hacia el volcán que le salvó la vida.
“A mi me capturaron y también me iban a matar en las faldas del volcán, cuando hizo erupción. Los soldados dijeron: ‘vamos de aqui’ y salieron corriendo y yo detrás de ellos. Cuando llegamos a Izalco, me dice el sargento: ‘bueno, y vos por qué te viniste con nosotros si pudiste huir’. Es que yo no debo nada” les dijo y le perdonaron la vida.
¿Y su tío? le pregunto. “Por las tierras comunales fue el percance que le sucedió al tío José”, susurra.
“Empezando su declaración estaba, cuando -chaz- le tiraron la lasada y lo ahorcaron. ‘Vayan y guíndense de ese indio’, decían los soldados (...) Murió por equivocación”.

La voz indígena

wpe5.jpg (7967 bytes)Dos años de trabajo testimonial y filmográfico recogen el punto de vista de algunos miembros de la familia Ama. Los testimonios de los sobrevivientes de la familia Ama han sido rescatados por un recurso poco ortodoxo en el país: el cine independiente. No fue un historiador ni un antropólogo, sino un cineasta que ha invertido siete años para aproximarse a estos hechos enterrados por la memoria colectiva. El cineasta salvadoreño Daniel Flores y Ascencio convivió con esta familia y conoció a pausas el maravilloso mundo indígena de El Salvador contemporáneo desde la perspectiva más cercana. "Don Juan me dijo "hagamos la película, pues" después de cinco años de conversar. Eso es lo bonito de todo este proyecto, que surgió de la misma memoria", señala. Flores me incluyó en la última etapa del trabajo para que desarrollara una investigación paralela a la realización filmográfica y conocí los entresijos del pueblo de Izalco y la calidez de la familia Ama. Flores ha trabajado junto al productor Pepe Montoya y el editor Edson Amaya, entre otros miembros de este equipo de producción. El fruto de esta realización (que se rodó a lo largo de dos años) se exhibirá el próximo martes 22 de enero en la Iglesia de La Asunción, en Izalco. A lo largo de los últimos meses, he compartido días de sol, polvo y hambre en busca del momento exacto para charlar en la situación más natural con toda una familia que tiene derecho a ser vista sin los prejuicios, que tanto la izquierda y la derecha, le han atribuido sin cruzar palabra con ellos ni conocerlos. Como es lógico, el temor a ser señalado sin derecho a ser escuchado y el estigma contra Feliciano ha sido una constante a lo largo de toda investigación. Desde autoridades culturales a funcionarios locales, nadie ha escapado al intento por detener el proyecto. Esta familia , sin embargo, es un ápice de toda la cosmovisión indígena de Izalco y, como señala Julia Ama (una de las nietas de Feliciano) "hay que sentir todo ese torrente indígena por las venas" y defender la identidad que se ha perdido. En Izalco, el mundo precolombino está presente en la celebración férrea de sus cofradías y en el respeto a sus padres, que no están muertos; por el contrario, son testimonios vivos.


Siete décadas atrás


Para cuando el calendario señala los primeros días de enero de 1932, El Salvador hereda del derrocado régimen del ingeniero Arturo Araujo una administración corrupta, una sociedad en crisis, un pueblo descontento y una economía casi en quiebra, derivada de los bajos precios internacionales del café y de los efectos de la Gran Depresión estadounidense de 1929.


Ante el acoso de la pobreza, del interior del país llega a la capital una gran cantidad de campesinos pobres y enfermos, lo que ocasiona un crecimiento ciudadano sin control, plasmado en cinturones de miseria en el sur de San Salvador y en innumerables como insalubres mesones, tan denunciados y combatidos por el escritor Alberto Masferrer.
Como respuesta a esas condiciones de vida infrahumana y a diversos abusos cometidos en el agro nacional, se extremizan el sindicalismo y el movimiento obrero, dando pie al nacimiento del Partido Comunista Salvadoreño (PCS).
En la noche del 2 de diciembre de 1931, el corrompido e incapaz régimen del Partido Laborista, encabezado por el ingeniero Araujo, fue derrocado por jóvenes militares agrupados en un Directorio Cívico. Dos días más tarde, entregaron el Poder Ejecutivo al vicepresidente constitucional, general Maximiliano Hernández Martínez, quien lo detentaría por espacio de trece años, hasta mayo de 1944.
Como una de las primeras acciones del nuevo gobierno, tienen lugar las diferidas elecciones municipales y legislativas en enero de 1932. Los comicios fueron fraudulentos, llevados con poca o ninguna honestidad. Varios sitios de votación fueron suspendidos en poblaciones en las que el PCS tenía fuerte presencia, partido que participaba pese a saber que no existía libertad electoral -había libros en los que se apuntaban los nombres de los votantes y su opción política partidista- ni formas válidas para obtener el poder por medio del voto.
Ante esos hechos, las fuerzas obreras y el PCS radicalizaron sus acciones políticas, hasta considerar como única opción la de la violencia armada. Motivada por agitadores, la insurrección campesina estaba ya en marcha cuando, el 18 de enero, fueron capturados Agustín Farabundo Martí y los líderes estudiantiles Alfonso Luna Calderón y Mario Zapata, considerados entre los principales cabecillas de los movimientos antigubernamentales. Los actos de captura fueron realizados por el capitán José Sánchez Agona y por diez hombres armados, en una finca al oeste del actual Colegio María Auxiliadora, en el capitalino barrio de San Miguelito.
A las 10 y 30 de la noche siguiente, se produjeron frustrados asaltos al Cuartel de Caballería (después sede de la Policía de Hacienda), sucesos que, unidos al descubrimiento de material explosivo en casas de dirigentes comunistas, motivó al gobierno martinista a decretar el estado de sitio y la ley marcial en los departamentos de Sonsonate, Santa Ana, La Libertad, San Salvador y Chalatenango. Poco después, implanta una severa censura de la prensa escrita, sometida a las disposiciones editoriales del jefe de la Policía Nacional.
Para la noche del 20, la alta dirigencia del PCS se reúne y debate sobre si debe comenzarse o no la insurrección en el occidente del país. Como resultado de las consultas, varios comunicados para detener a las fuerzas insurrectas fueron emitidos al día siguiente, pero muchos de ellos ni siquiera llegaron a su destino, debido a la suspensión del libre tránsito impuesto por las autoridades.
Antes de la medianoche del día 22, con la erupción del volcán de Izalco como marco cinematográfico, varios miles de campesinos se lanzaron a la invasión de poblaciones como Villa Colón, Juayúa, Salcoatitán, Sonzacate, Izalco, Teotepeque, Tepecoyo, Los Amates, Finca Florida, Ahuachapán, Tacuba y otras poblaciones más, azuzados por los dirigentes comunistas y armados con machetes y algunos cientos de fusiles Mauser, dejados por Araujo en sus manos para organizar la defensa de su régimen tambaleante.
Como miras principales, los ataques iban dirigidos contra cuarteles, guarniciones de policía, oficinas municipales y de telégrafos, al igual que contra casas de reconocidos terratenientes y comerciantes de la zona, muchos de ellos extranjeros, como fue el caso de Emilio Redaelli, trabajador de la casa Daglio, asesinado con lujo de barbarie tras la violación de su esposa y el incendio de su hogar en Juayúa, tomada por las huestes de Francisco Sánchez.
Desde la madrugada del día 23, tres intentos de toma son repelidos por las ametralladoras “tartamudas” del bastión militar de la ciudad de Ahuachapán, comandado por el general José Guevara, lo que impide que las compactas masas se tomen la ciudad, mas no que destrocen la alcaldía. En los muros de la fortaleza, un hijo del militar contempla los frutos que producen la crisis, el fanatismo político y el alcohol extraído de las tiendas saqueadas. Años más tarde, una vez entrenado por el ejército estadounidense, ese niño de doce años pasaría a ser conocido en la historia nacional como el general José Alberto “El Chele” Medrano.
Tacuba es tomada por asalto por los 1500 comunistas que dirige el estudiante universitario Abel Cuenca, quien se encuentra con el grave problema de tener que alimentar a tan grandes cantidades de población, a la vez que busca evitar que continúen las violaciones y el pillaje generalizado, para poder establecer un gobierno regional alternativo.
En la mañana del día 23, los insurrectos realizan un frustrado intento de tomarse el cuartel de Sonsonate. Su herido comandante, el coronel Ernesto Bará, conduce la acción de rechazo, en la que perecen más de sesenta insurrectos, a cuyas fuerzas bombardea un avión en otros puntos del occidente salvadoreño.
Por disposición del Presidente, varias columnas de soldados, policías y guardias nacionales parten por tren desde San Salvador hacia las zonas insurrectas. Viajan bajo las órdenes expedicionarias del general José Tomás Calderón. Una vez han hecho su labor en el departamento de La Libertad, retoman Colón y Sonzacate, desde donde dirigen la captura de la plaza de Izalco.
wpe7.jpg (7900 bytes)Entre los días 24 y 25, las fuerzas militares gubernamentales entran en Nahuizalco, Juayúa -donde pasan por las armas a Francisco Sánchez, capturado en San Pedro Puxtla-, Ahuachapán y Tacuba. Esta última población representa la más grande batalla de la revuelta, porque los más de cien fusiles en poder de los campesinos dificultan la labor de las fuerzas gubernamentales, que en dos horas y media de combate incendian chozas y casas para obligar la salida de los atrincherados, con el fin de ultimarlos a campo abierto.
De esta forma, los sucesos de enero de 1932 constituyen el período que las generaciones posteriores de salvadoreños pueden conocer mediante los documentos progubernamentales elaborados por Jorge Schlesinger y Joaquín Méndez h., al igual que por las obras narrativas de Salarrué, Francisco Machón Vilanova y Claribel Alegría.
El 25 de enero, los gobiernos de Estados Unidos y Canadá ordenan la llegada del crucero “Rochester” y de los destructores “Wickes”, “Philips”, “Vancouver” y “Skeena” para que sus soldados y marinos intervengan y sofoquen la revuelta si fuera necesario, lo que causa indignación en el jefe militar Calderón, quien rechaza la ayuda ofrecida y garantiza el paso de turistas por el Puerto de La Libertad.
wpe8.jpg (9307 bytes)Mientras las fosas comunes se llenan en los campos de los occidentales departamentos aquejados por la “ola roja”, los comunistas registrados en los libros de votaciones son capturados en San Salvador y llevados a las márgenes del río Acelhuate, donde pelotones de seis soldados fusilan a grupos de entre seis y cincuenta personas, los que luego son sepultados en fosas comunes o sometidos a la incineración.
Impulsada por una comisión formada por Angel Guirola, Rodolfo Duke, Tato Meardi y Francisco A. Lima, la sociedad civil cierra filas en torno a la acción represiva y anticomunista emprendida por el mandatario militar. Cuarenta mil colones donan cada uno de los bancos emisores para alimentar a las tropas de búsqueda y exterminio de los focos rebeldes, cifras a las que se unen otra igual del señor Herbert De Sola, diez mil del Casino Salvadoreño y setenticinco mil colectados en donativos populares, aportes individuales que oscilan entre cinco y mil colones.
Por su parte, tres mil miembros de la alta sociedad, profesionales, burócratas, artesanos, tenderos y reservistas se unen a las Guardias Cívicas que se organizan para relevar a las fuerzas militares en las zonas bajo control. A estas entidades paramilitares, al igual que a la Guardia Nacional, se les atribuye la represión de los meses subsiguientes, que condujo a la casi total erradicación de los remanentes indígenas de la histórica región de los Izalcos y a la desaparición de su lengua náhuat.
Como último evento de esos hechos sangrientos, el 31 de enero, un consejo de guerra presidido por el general Manuel Antonio Castañeda juzgó y condenó a Martí, Luna y Zapata a morir fusilados en el Cementerio General de San Salvador, previo traslado desde sus celdas en la Penitenciaría Central, ubicada donde ahora se alza el céntrico edificio del Fondo Social para La Vivienda (FSV).
El fusilamiento se verificó en la primera mañana de febrero, pero las declaraciones previas de Martí -en relación a que en San Salvador había ocultas más de mil bombas y que pronto se produciría un rebrote comunista- recrudecieron la persecución y la represión de toda actividad sospechosa de sedición y subversión contra el Estado.
wpeA.jpg (9540 bytes)Como herencia de aquellos años, la cifra exacta de muertos quizá nunca pueda saberse. Hasta la fecha, periodistas y tratadistas sobre el tema como Thomas P. Anderson, Jorge Arias Gómez, Patricia Alvarenga y otros han manejado cifras que varían desde 4800 hasta 30000 personas fallecidas en esa coyuntura de la historia salvadoreña, que -como sostiene el investigador social Jaime Barba- ahora urge de una revisión histórica desapasionada y científica, con miras a la verdadera reconciliación nacional.
“Luego de la matanza de 1932, en las zonas rurales [de El Salvador] las [poblaciones] indígenas dejaron de desplegar abiertamente elementos de su cultura y su lenguaje. Las mujeres dejaron de llevar el tradicional refajo, la marimba no se escuchó como antes y no se volvió a hablar públicamente el náhuat ni ninguna otra lengua indígena. Desde entonces se ha reforzado la imagen de una nación racial y culturalmente homogénea, factor que se estima necesario para la estabilidad político-social, la preservación de las estructuras económicas y la implementación de nuevos proyectos
modernizadores”.

 

El Salvador: ancianos de Izalco recuerdan masacre de miles de indígenas en 1932

Izalco (El Salvador), 23 enero 2005 (EFE).- Los ancianos de la ciudad de Izalco recuerdan después de 73 años la masacre de miles de indígenas salvadoreños ordenada por el gobierno militar en 1932. 

Por Lauri García Dueñas 

En Izalco, en el departamento occidental de Sonsonate, a 65 kilómetros de la capital, los rasgos indígenas y el acento particular de la lengua "nahuatl" son también testigos de un pasado remoto que se niega a desaparecer. 
La matanza fue perpetrada durante varios días de enero de 1932 por las fuerzas militares del gobierno del general Maximiliano Hernández Martínez, quien persiguió a los indígenas por organizarse en el Partido Comunista y hacer reivindicaciones sociales. 
En la masacre, que se conmemora cada 22 de enero, murieron unos 30.000 indígenas, según datos históricos. 
"No somos como el garrobo (reptil parecido a la iguana), que le sale una cola cuando se la cortan; la vida se nos va para siempre y entonces nosotros tenemos que aprender a vivir", dijo Ramón Esquina, de 92 años, indígena sobreviviente de la matanza, quien ayer, sábado, dio su testimonio en los actos de conmemoración de la masacre. 
Cristina Ramírez, de 93 años, con su rostro moreno lleno de arrugas, recordó cómo se resistió ante la prohibición del gobierno de Hernández Martínez (1931-1944) de usar el típico vestido indígena de las mujeres: el refajo. 
Doña Cristina no renunció a este atuendo: todavía viste la falda tejida de hilo de vivos colores y la camisa de manta, y un lazo que le sujeta sus abundantes canas. 
"Yo regresaba de Guatemala cuando todo pasó y mis amigas me decían que no usara el refajo porque me iban a matar; hasta una de ellas se ofreció a acompañarme a comprar un vestido, yo le dije que iba a ir yo sola a comprarlo, pero en mi mente me decía a mí misma que yo no le debía nada a nadie", dijo la anciana. 
Sus palabras fluyeron con facilidad a pesar de la edad: "en ese entonces nadie pateaba la calle, no se miraban hombres, los mataron a todos; a otros, pobres, se los llevaron capturados". 
"Otra amiga me contó que sus hijos estaban ahí, nada más almorzando, llegaron los soldados y `pan`, !pan! los mataron sin preguntar nada", comentó. 
Ramírez aseguró que muchos cadáveres fueron quemados por los militares. 
Hijilio Marciano Ama, de 92 años, hermano del líder indígena Feliciano Ama, recordó los hechos de 1932 con un poco de turbación, hasta que alcanzó a pronunciar: "`todos se murieron!". 
Feliciano Ama nació en 1881 y murió linchado por un grupo de ladinos pro gubernamentales, pero luego fue colgado de un árbol con un lazo para dar la impresión de que había muerto ahorcado, el 28 de enero de 1932. 
El Museo de la Palabra y la Imagen, uno de los organizadores de los actos conmemorativos, montó en Izalco una instalación con fotos de la época, que muestran decenas de cadáveres de hombres apilados en las calles de piedra. 
En el jardín de lo que fue el campanario de la iglesia del pueblo, decenas de indígenas recordaron ayer a sus antepasados con una ceremonia de fuego y tambores. Al fondo, un montón de flores se apilaban bajo un altar en honor de Feliciano Ama. 
En una pared de la calle principal de Izalco una pintada en letras negras estaba fresca: "`Feliciano Ama vive!". 
En esa calle creció Ricardo Armando Rodríguez, de 64 años, quien aseguró que cuando tenía diez años, debido a una nueva construcción, cerca de la iglesia fueron encontradas muchas osamentas. 
Su vecino, Alejandro González, de 75 años, no recordó con exactitud cómo ocurrió la matanza, pero lamentó que ahora no le enseñen a los niños en la escuela lo que sucedió. 
A las autoridades "no les interesa", susurró. EFE

Todo apunte enviarlo a farabundovive@yahoo.com