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Sucesos del 30 de Julio 1975 (Roberto Pineda)
Podemos decir junto al pueblo salvadoreño, junto a las comunidades universitarias, voy a mensionar los nombres de aquellos compañeros que fueron desaparecidos, que fueron asesinados por la dictadura militar, para que la memoria siga viva e la conciencia del pueblo salvaodreño: Carlos Fonseca, presente ahora y siempre; Balmore Cortéz Vásquez, presente ahora y siempre; Reynaldo Adbum, presente ahora y siempre; Ever Gomez Mendoza, presente ahora y siempre, Roberto Antonio Miranda presente ahora y siempre, Roberto Antonio Miranda presente ahora y siempre, Napoleon Orlando Calderon Grande presente ahora y siempre, Sergio Antonio Cabrera presente ahora y siempre, Carlos Humberrto Hernández presente ahora y siempre, María Miranda prsente ahora y siempre, Jose Domingo Aldana presente ahora y siempre. Hermanos y hermanas, esta sangre que fue derramada, estos jóvenes que fueron secuestrados y desaparecidos, estan presentes en la memoria del pueblo salvadoreño, y son esa semilla que han originado esa conciencia, esa dignidad en nuestro pueblo ¿Que paso hace 30 años? Hace 30 años existía la dictadura militar, estaba el presidente Coronel Arturo Armando Molina que para ,antenerse en el poder, hacia uso (ojo) de la mentira y la represión, ya habían habido masacres de campesinos como en las 3 Calles, Chinamequita, pero no se habían golpeado los sectores urbanos. Sucede que en las fiestas patronales de Santa Ana, los estudiantes universitarios deciden realizar un Desfile Buso, y el desfile Buso era una crítica mordaz a la represión, a la demagojia del Coronel Arturo Armando Molina, y es fuertemente reprimido y penetran en el Centro Universitario de Occidente, violando la autonomía universitaria, oigan bien, violando la autonomía universitaria como lo hizo el presidente Saca recientemente que disparó hacia estudiante universitarios, entonces en aquella época aqui en San Salvador, se organiza una presecta, una denucia de esa violacion que se habia dado a la autonomía universitaria, y los estudiantes se organizan, se crean el Comite de Organizaciones Populares, para organizar una grandiosa marcha en protesta a la violación de la autonomía uiversitaria del Centro de Occidente de Santa Ana, y esa marcha se organiza el 30 de Julio, hay una convocatoria de organizaciones de secundarias y organizaciones universitarias, y centenares de jóvenes de secundarias y de universitarios salen marchado desde la uiversidad. Había una época de mucha represión pero también habia una época de mucha militancia revolusionaria, de mucho sueño, de mucha utopía de que se podía cambiar la sociedad. Me acuerdo que un participante fue a dar testimonio de esa marcha y que una de las consignas que más se cantaban en aquella marcha era una consigna internacionalista que decía así: ¿Que le sucedió a Supermán? que le dieron duro en el Viet-Nam, acababa de suceder la gran victoria del pueblo vietnamita sobre el intervención noteamericana, entonces había un entusiasmo por esa derrota. Viet-Nam habia derrotado a la agreción, a la intervención norteamericana y se entonaban así consignas y consignas en contra de la represión y también..... había toda una crítica al gobierno de Molina, un gobiero demagójico, un gobierno que trataba de ocultar con publicidad todas las políticas represivas que desarrollaba.
La marcha sale de la universidad de la entrada frente al IVU y la entrada de ciencias y humanidades ...y salen todos estos jóvenes marchando, exigiendo respeto a la autonomía universitaria. Era un día bastante nublado, amenazado con tormentas, y más la tormenta social, la tormenta de protesta que se iba a generar, cuando la marcha se fue dentro de la 25 Av y cuando llega a las imediación del seguro social, era una marcha donde había el temor de que podría ser reprimida porque estaba todo un ambiente de mucha represión, y al llegar ahi pobservamos las tropas del ejército, columnas del ejército, tanuqetas, que fueron montadas contra una manifestació estudiantil al llegar ahi al Seguro Social, al patio de dos niveles, empiezan a disparar, empiezan a disparar los soldados de la dictadura, contra una manifestación pacífica, y nos percatamos del rostro asesino de esta dictadura, que emplaza metralletas contra estudiantes universitarios y de secundaria, y empezamos a ver como iban cayendo compañeros, como otros saltaban el puente, como otros buscaban donde protegerse ahi en ese ambiente de mucha represión. Fue una experiencia muy significativa, fue una experiencia que desentrañó que la dictadura militar estaba dispuesta a todo para silenciar al pueblo salvadoreño, pero la experiencia impoprtante fue que el pueblo salvadoreño no fue silenciado. Después de ese 30 de Julio, al día siguiente se convocó otra manifestación de protesta, se convocó una marcha de silencio de mujeres protestando contra el asesinato de compañeros, ya que la dictadura capturón asesinó, desapareció, golpió a compañeros, porque la dictadura militar golpió fuertemente al movimiento estudiantil, pero el movimiento estudiantil, no fue silenciado, y como les dije, al día siguiente denuevo San Salvador era inundada con la protesta estudiantil popular diciendo -Gobiero asesino- gritando a los soldados de la dictadura militar, y sabiendo que esto era el principio y fin de la dictadura, posteriormente se ocupó catedral metropolitana, por las organizaciones populares, y catedral metropolitana se convirtió en un símbolo de la lucha del pueblo salvadoreño. Desde catedral metropolitana se organizaron los entierros y se organizó la denuncia, y la denuncia de este gobierno asesino, la del Coronel Arturo Armando Molina, y eran miles de salvadoreños los que se consentraban frente a catedral metropolitana para expresar su descontento, para expresar su protesta, esta jornada de Julio a Agosto de 1975, fue la jornada que fue creando las condiciones para la organización popular, para la toma conciencia, para comprender que en los procesos de este pais pueden repimir, pero no silenciar al pueblo salvadoreño, el pueblo no fue silenciado y se organizó y salió a las calles, y surgieron muchas organizaciones, muchas coalicciones de fuerzas, surgió el BPR, posteriormente las LP-28, ya existía el FAPU, el MLN, el Partido Unión Democrática Nacionalista, que finalmetnte son los cinco dedos que se convierten en un puño del pueblo salvadoreño en la Coordinadora Revolucionaria de Masas, y que libraron heroicas batallas por la liberación de este pueblo. Esos estudiantes universitarios que fueron desaparecidos, viven en la conciencia del pueblo salvadoreño, y como pueblo salvadoreño debemos hacernos la promesa, comprometernos a que esto no puede volver a suceder, y es por eso que como Iglesia Popular Luterana estamos muy preocupados por la desaparición de José Omar Chavez.
30 años después y ya desaparecida la dictadura militar de este orden, empiezan nuevamente los asesinatos, 30 años después en los que transcurrió una guerra, 30 años después en los que trascurrió un acuerdo de paz, y estamos regresando a lo mismo, a una situación muy crítica, esos heroes, esos martires, nuestros héroes nuestros mártires, esa sangre derramada nos convoca, nos compromete a seguir luchando por una verdadera democracia en este pais, a seguir luchando por la liberación de este país, los sueños de esos héroes, por una patria nueva siguen vigentes, seguimos luchando por eso, esa bandera que ellos nos entregaron de luchadores populares de una nueva sociedad salvadoreña, ese es nuestro compromiso.
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HOMENAJE A LOS HEROES DEL 30 DE JULIO DE 1975.Que vivan los estudiantes jardín de nuestra alegría, son aves que no se asustan de animal ni policía y no le asustan las balas ni el ladrar de la jauría. Caramba y zamba la cosa que viva la autonomía. Y así de la mano de Violeta Parra y de Los Guaraguao, marchamos aquel 30 de Julio de 1975, que hoy parece tan lejano pero a la vez tan cercano, particularmente a la luz de recientes acontecimientos. Durante el cobarde ataque, un número indeterminado de estudiantes es asesinado, incluyendo a:Carlos Fonseca, Balmore Cortéz Vásquez, Reynaldo Hasbún, Eber Gómez Mendoza, Roberto Antonio Miranda, Napoleón Orlando Calderón Grande, Sergio Antonio Cabrera, Carlos Humberto Hernández, María E. Miranda, José Domingo Aldana, ........
Posteriormente, otro reclamante informó a la CIDH que como resultado de estos hechos, las siguientes personas habían muerto: Guillermo Aparicio, Roberto A. Miranda; y que habían desaparecido y se presumían muertas las siguientes: Gilberto Ayala García, Ricardo Cantón García, Romeo Cuadra, Daniel Gómez Mendoza, María J. López, Marlene López, Elizabeth Milla, Norma Nolasco, Marta Pineda y Oscar Rodas Lazo. Asimismo, el reclamante agregó que 17 personas conocidas habían resultado heridas. Las bestias disfrazadas de seres humanos al servicio de la oligarquía y su monigote de turno: arturo armando molina, emboscaron arteramente nuestra marcha con francotiradores, policias infiltrados, fusiles de asalto y tanquetas blindadas. Con tropas combinadas de los diversos cuerpos de inseguridad existentes en aquella época todos repletos de torturadores, descuartizadores y desaparecidores que se frotaron las manos y salivearon de contentos al ver a sus vítimas acercarse. Carlos Humberto Romero y Eduardo Iraheta dos ex coroneles responsables directos de la masacre, entre otros, aun se arrastran impunemente por nuestro suelo.
Me gustan los estudiantes que rugen como los vientos cuando le meten al oydo de balas y regimiento, pajarillos libertarios igual que los elementos caramba y zamba la cosa, que viva el experimento. El vómito de fuego de las armas represoras segó las vidas de muchos compañeros, hombres y mujeres que no alcanzaron a llegar al sitio que Farabundo venía preparando para cinco años más tarde. Las contínuas violaciones a la autonomía universitaria tan odiada por los opresores, motivaron la marcha de protesta y de denuncia. Marchamos con las manos vacias y el pecho descubierto, nuestros rostros idealistas se enfrentaron en desigual batalla con las cámaras de los que se venden como prostitutas por unas migajas y a seres oscuros sedientes de sangre, acostumbrados a matar con premeditación, alevosía y ventaja.
Me gustan los estudiantes porque levantan el pecho cuando le dicen harina sabiéndose que eso es afrecho y no se hacen sordomudos cuando se presenta el hecho. Caramba y zamba la cosa, el código del derecho. Los carne machacada por el peso de los blindados, la sangre lavada con potentes chorros que en verdad debían haber servido para apagar incendios y los cuerpos ausentes para que la duda quedara por siempre entre sus familiares, es un recuerdo permanente en nuestra memoria colectiva.
Me gustan los estudiantes porque son la levadura del pan que saldrá del horno con toda su sabrosura, para la boca del pobre que hoy come con amargura Caramba y zamba la cosa, viva la literatura. Los cuepos enterrados clandestinamente en la antigua lava del Quezaltepec y en todos los rincones de nuestra patria, germinaron raudos en cuerpos fogueados que se desplazaron sigilosamente al norte, a la costa, por todo oriente y al resto de frentes que vengó sus muertes durante mil batallas.
Modesto Ramirez y Felipe Peña unieron sus manos con Rafael Arce y con Alfonso Luna; Mario Zapata junto a Feliciano Ama y Anastasio Aquino también fueron guiando al pueblo hacia la victoria, parcial por supuesto pero importante y necesaria. Hoy se sigue avanzando y se siente que de nuevo la presencia de nuevos estudiantes aguerridos y con conciencia clara y definida dispuestos a continuar la lucha por cualquier medio que sea necesario de forma conmesurada a la agresión de la mafia narcofinanciera-constructora de nuestra patria a través de sus sicarios y cuerpos represivos.
La sangre derramada por estudiantes, obreros, campesinos, religiosos e inocentes, nunca ha sido en vano. Por que el color de la sangre jamás se olvida, su sacrificio será siempre emulado por nuevas generaciones y nuestras familias seran consoladas por nuevos triunfos en las nuevas luchas que se avecinan dado que el maligno enemigo aún no ha aprendido la lección y sigue alimentandose con la sangre de los mejores hijos del pueblo.
I PARTE
La
masacre de estudiantes universitarios: un testimonio
Días
antes del 30 de julio de 1975, el Gobierno y especialmente
el Ministerio de Defensa habían estado advirtiendo por la
prensa radial, escrita y televisada del país, que la
anunciada marcha de estudiantes universitarios programada
para ése día no debería realizarse y que "actuarían
con todo el peso de la ley en contra de toda alteración del
orden público". Esto se decía siempre que se
anunciaba una represión usualmente sangrienta…pero el 30
de julio esas palabras sonaban especialmente fatídicas,
probablemente porque era evidente el grado de confrontación
masiva que se avecinaba.
Un
helicóptero militar sobrevolaba el campus de la UES. Abajo,
los preparativos para la marcha eran febriles. Entrando la
tarde se inició la convocatoria por medio de los parlantes
instalados en las azoteas de algunos de los principales
edificios del campus, por los megáfonos que portaban los
encargados de la agitación e invitaciones a gritos a formar
las filas de la marcha. Mantas y pancartas aparecieron. Dos
filas de uno en fondo bordeando las aceras y en el centro de
la calle decenas de mantas y pancartas colgadas de
centenares de manos, denunciando los atropellos y
represiones de la dictadura militar. Distribución de
volantes, como quien suelta millares de palomas mensajeras
de un solo golpe. Gradualmente, muchos estudiantes con un
nudo en la garganta, un vacío en el estómago y un rostro
de piedra que reflejaba indignación se fueron incorporando
a la marcha. A los ojos de los tripulantes del helicóptero
debimos parecernos a una concentración de las hormigas
llamadas "marabuntas", solamente que en la selva
salvadoreña, plagada de gorilas. Se notaba que la gran
mayoría de la gente que participaba "sacaba fuerzas de
flaqueza", éramos civiles contra militares y los
militares ya habían anunciado que usarían su armamento
para impedir la marcha estudiantil. No se les pagaba por
participar a los manifestantes, el pago podría ser la
muerte, una apaleada, la comidilla intensa que invade ojos,
oídos, nariz y garganta al aspirar el gas lacrimógeno o
por lo menos la angustia eterna de quedar fichado por algún
"oreja" o soplón infiltrado que remitiría la
información a los fatídicos "escuadrones de la muerte".
La
pureza juvenil tenía uno de sus mejores momentos de expresión
como fuerza física, succionando fuerzas de los más puros y
nobles sentimientos de justicia de la masa universitaria que
se manifestaba en contra del gobierno. Creo que todos sentíamos
que nos integrábamos a una marcha de protesta, con la
muerte caminando y gritando a nuestro lado. Nadie esperaba
premios ni estatuas por ello; el mejor premio era la
confianza en que cada familia y amigos comprenderían los
justos motivos del sufrimiento que ocasionaría la pérdida
de un ser estimado y amado. En ese momento toda la educación
familiar y moral de cada manifestante se materializaba: cada
manifestante sentía que paso en la marcha era una
reafirmación de altos valores de respeto al trabajo,
honestidad y justicia y la entereza moral para defenderlos y
difundirlos. Seguramente estos fueron los últimos
pensamientos que tuvieron los compañeros y compañeras que
dolorosamente murieron o "desaparecieron" durante
la represión que conllevó la marcha. Ahora comprendemos
como es que se muere sin morir, pues las fecundas vidas que
fueron segadas el 30 de julio de 1975 verdaderamente se
reencarnaron en la vida la Universidad de El Salvador y en
el proceso democrático del país.
A
los gritos colectivos de "únete" muchos
estudiantes, profesores y gente que observaba la marcha se
fueron incorporando. Al pasar por el edificio de la Facultad
de Jurisprudencia y Ciencias Sociales, vi a un conocido político
de izquierda ahora en la palestra nacional, solamente observándonos.
No sé si él se incorporó después, pero en ése momento
sentí una consecuente superioridad y la actitud de
observador de él me dió más fuerzas para seguir en la
marcha.
La
tensa algarabía de la marcha, gritando consignas y
canciones de crítica al Gobierno, hacía menos pesado el
atardecer. Se nos parecía a un festejo por la consecuencia
con que la Universidad de El Salvador, ha defendido,
defiende y defenderá la justicia y la democracia. La tensión
aumentaba en la misma proporción en que nos alejábamos de
la ciudad universitaria, nuestro refugio moral, intelectual
y material. La sección de la marcha en que yo iba, ya había
recorrido un considerable trecho desde el campus de la
Universidad, saliendo por la "entrada de Derecho"
y bordeando la Escuela España, y luego doblando sobre la 25
Avenida Norte, hasta cerca de la Fuente Luminosa.
El
río humano, comenzó a estancarse. Corrientes de personas
integradas a la marcha, empezaron a seguir la dirección
opuesta, un signo inequívoco del peligro de la represión
militar en los tramos siguientes de la ruta. Muchos
decidimos continuar el rumbo de la marcha. Probablemente
sentíamos que una coraza de nuestra resuelta lucha por la
dignidad, nos protegía de las fricciones entre personas que
se quedaban observando y otras que iniciaban un pausado o
presuroso retiro. Nos fuimos acercando hasta llegar a la
altura de la entrada del Externado de San José, el
distinguido colegio de Jesuitas en donde recibió educación
por un tiempo, el poeta nacional Roque Dalton.
Yo
pude divisar, desde ahí, un manto verde de uniformes
militares, tendido una media cuadra enfrente del Hospital
Rosales. No distinguí a esa distancia si eran soldados o
Guardias Nacionales. El temor civil era especialmente
punzante cuando se trataba de Guardias Nacionales. La
Guardia Nacional era un cuerpo selecto de represión
fogueado en el "mantenimiento del orden en el
campo", adquirió un gran desarrollo después de la
represión de 1932. Autoritarios y arbitrarios...la gente
decía con humor negro que los guardias nacionales mataban
primero y después preguntaban, expertos en golpes y tiros,
iniciaban capturas hasta por malas miradas y dudaban de todo
ciudadano; a falta de "esposas" ataban los dedos
pulgares de los campesinos y civiles detenidos con "cordeles"
o pitas hasta que los dedos se pusieran morados. La Guardia
Nacional era más temida que el mismo Ejército, pues
estaban físicamente y moralmente preparados y seleccionados
para reprimir de la manera más cruel e insensible. Este
cuerpo de represión desapareció con los Acuerdos de Paz
firmados en 1992.
Al
observar el tapón verde bloqueando la ruta anunciada de la
marcha estudiantil la masa manifestante frenó. En la punta
la marcha comenzó a convertirse en un gran racimo de gente,
que se desgajaba poco a poco y buscaba otras salidas. Y un
grupo desvió la ruta, en el llamado "paso a dos
niveles" enfrente del edificio del Instituto Salvadoreño
del Seguro Social, ISSS. Pero fue ineludible el choque pues
los militares también bloquearon la ruta alternativa que
siguió la marcha.
"Mantengámonos
unidos" gritaba un profesor universitario en la
bifurcación del paso a dos niveles, agitando las manos para
animar a los indecisos a unirse con el grupo que iba a la
cabeza de la marcha y que se encontraba aislado enfrente de
los soldados. "No dejemos solos a los compañeros que
van adelante", "no dejemos que nos separen",
agregaba el profesor. Me pareció consecuente el llamado de
mantenernos unidos y no dejar que aislaran a la cabeza de la
marcha y me desprendí con un grupo, corriendo por la
bifurcación del paso a dos niveles y gritando a todo pulmón
junto a mis compañeros y compañeras,
"U…U…U…U…", hasta acercarnos al grupo que
encabezaba la movilización.
Nos
habían cercado. Los soldados habían cerrado la calle, sin
ceder, por donde debería continuar alternativamente la
movilización y los soldados que estaban enfrente del
Hospital Rosales se dirigieron hacia el inicio de la
bifurcación del paso a dos niveles. El profesor y yo nos
contábamos entre los manifestantes que quedamos enfrente de
los soldados, atrapados. Los rostros de piedra de los
soldados eran expresión de su disciplina militar, de la
humillante dureza con que toda dictadura militar educa en el
"arte" de la represión. En los soldados se
reflejaba una determinación brutal para repelernos a toda
costa. No sabíamos en qué momento usarían sus fusiles...conforme
gritábamos la tensión entre ellos y nosotros aumentaba.
Aquellos segundos y minutos nos parecen suspendidos en el
tiempo.
Estallaron
disparos y un coctel molotov. Y se armó la de Troya. Los
fusiles en manos de los soldados, que ya tenían un ángulo
de menos de 45 grados dirigidos contra nosotros, empezaron
con disparos al aire, pero a cada impacto, los soldados
bajaban más el punto de mira de los fusiles, hasta apuntar
y disparar directamente en contra de los manifestantes.
"Nos están disparando" le comenté a mi amigo
profesor. "No se preocupe que son balas de salva",
me respondió. "No son de salva" le refuté. Me
pareció que el sonido de las balas de plomo, era diferente...más
sólido y "seco".
Enmedio
de un intenso traqueteo y humazón, se divisiban como
sombras del futuro estudiantes que corrían y caían. El
tiroteo se iniciaba a unos tres metros, enfrente de nosotros,
dimos la vuelta y yo salí corriendo en sentido contrario a
donde provenían los disparos. "No corra que es peor",
me dijo el profesor. Como impactado por un rayo clavé mis
plantas en el pavimento y pensando en lo peor, una ráfaga
por la espalda, me sentí muy sereno, una amalgama de
tranquilo y temerario, como ya lo he experimentado en otros
momentos cruciales, tensos y decisivos de la vida.
Parcimoniosamente viré mi cabeza hacia la izquierda.
Parapetado en un poste de la esquina, divisé a un soldado
que me apuntaba con su fusil…a punto de dispararme, creo.
Por un instante no escuche la "tronazón" ni
olfateé la humazón. Solo tenía oídos y nariz para el
silencio y el olor a muerte. A pesar de la distancia y el
caos, pausadamente le busqué la mirada del soldado, con una
mirada seria, de reclamo, miré a la distancia sus ojos y su
rostro. Nos separaban unos siete u ocho metros. Me le quedé
viendo fijamente. No recuerdo que la mirada mía, estuviera
inspirada en el temor, sino en la seguridad personal, exigiéndole
simplemente que no me matara, con mi rostro adusto. Hay una
especie de seguridad personal que se fundamenta en valores
de justicia social y que le imprimen a las personas una
serenidad, energía, seguridad y hasta cortesía y "don
de mando", en los momentos cruciales. El rostro del
soldado, de tez blanca (por lo que se me antojó que era
oriundo de Chalatenango, departamento bello y heroico, con
una población que acusa el predominio español en el
mestizaje) de golpe se puso rojo, como un fósforo y de
golpe, también se encendió de pálidez, se puso blanco
como un papel. Cuando lo vi pálido, me sentí confortado,
imaginé que había calado por un momento infinito en su
conciencia y que comprendía que lo que hacía no era justo,
que no debía matarme. Me parecía una consecuencia lógica
de la superioridad con que se siente una persona encarnando
los valores de justicia. Y gradualmente, como un ser de
metal, robotizado, pero sintiéndome con el alma de un ser
humano supremo, un gran señor, reprimido pero con mucha
dignidad, volteé mi cabeza y empecé a caminar pausadamente,
a la par del profesor. Recordé las aflicciones de mi
infancia cuando sentía "dormida" la cadera de la
pierna derecha como presagio a las inyecciones prescritas en
el tratamiento médico. Solo que esta vez esperaba ser
cosido a balazos por la espalda.
Parece
que a todos nos ocurre que no recordamos con tanto detalle
actividades que ha desarrollado por días y por meses, como
guardamos en la memoria detalles de los momentos decisivos
de la vida. La pausada atravesada de una calle, el 30 de
julio de 1975, la recuerdo con más detalle, por ejemplo,
que un par de tensas caminatas que hice en el Volcán de San
Salvador. En esa pausada caminata, que debe haber durado
unos dos o tres minutos, recuerdo haber visto a quien
posteriormente sería la Comandante Nidia Díaz, como
protegiéndose de gases lacrimógenos, cerca de una pared. Y
a otro compañero, que se me acercó, con un rostro, mezcla
de incredulidad y terror, gritándome…"Nos están
matando". Quizás el compañero esperaba que yo hiciera
algo, pensé…mi impotencia y estupefacción ante lo que
estaba sucediendo, solamente me produjo una mueca. Y
recuerdo otros compañeros que saltaban por el techo de un
edificio, enfrente de nosotros. Ya ni me acordaba del
soldado que me apuntaba, porque la miríada de mortales,
intensos, estruendosos y humeantes sucesos desviaban a cada
segundo la atención de todos.
Calle
de por medio desde donde se parapetaba el soldado que me
apuntó, había una casa convertida en un comercio en donde
se vendía instrumental odontológico; en las escaleras de
una especie de sótano de esta casa, sumido a medio cuerpo
estaba un compañero a quien yo le había solicitado que se
incorporara a la marcha. Este compañero era también un
profesor de secundaria en un centro de enseñanza de una
zona obrera, en donde yo también daba clases. El profesor
de la Facultad de Economía y yo nos acercamos hacia él.
"Tengo esquirlas en una pata", nos dijo. "No
puedo caminar", agregó. "Esperate" le
dijimos. Y el profesor y yo le hicimos una improvisada silla
con nuestros brazos y lo sacamos "chineado" por la
cuadra no cercada militarmente, que termina en la esquina
nororiente del Hospital de Maternidad. Al llegar a la
esquina, un ciudadano visiblemente indignado y solidario, a
bordo de un microbús que tenía "logos" de una
reconocida empresa nos dijo con tono de indignación: "los
han reprimido…¿verdad?". "Sí hombre", le
contestamos. "Déjenlo conmigo, yo lo llevo al
Hospital", solicitó. Así introducimos al compañero
baleado en el microbús. Días después encontré al
compañero, recuperado, y pensé que alguno de nosotros debió acompañarlo
para asegurarse del ingreso al Hospital.
"Vamos
a ver si hay otros compañeros que necesitan ayuda", me
dijo el profesor, después de dejar a mi compañero en el
microbús. Yo me sentía agotado y preocupado…como si mi
vida hubiera estado en un hilo. Pero pensé que el profesor
tenía razón, que probablemente otros compañeros
necesitaban de nuestra ayuda y caminamos, en torno a la
manzana del Instituto Central de Señoritas y regresamos a
la esquina, en donde estuvo apuntándome el soldado. Ya no
estaba el cerco militar.
En
la calle se observaban charcos de sangre, zapatos
desperdigados; en los alrededores, gente estupefacta con
mirada de indignación y dolor. Un camión del Ejército
corrió sobre la calle que hacía unos minutos estaba
bloqueada militarmente. El camión militar iba con el toldo
descubierto en la parte trasera, raudo en dirección oriente
enfrente del edificio del Seguro Social ante la mirada de
decenas de personas. El toldo descubierto permitía ver el
terrible "cargamento": eran estudiantes "sentados"
a las orillas de la cama del camión, con la cabeza caída,
tambaleándose, muchos de ellos seguramente habían
encontrado la muerte durante la reprimida manifestación o
la encontrarían después en las instalaciones militares.
Hurgando con ansias dirigí mi vista hacia el interior del
camión para tratar de reconocer a alguien, alcancé a
divisar la motocicleta de Jaime Baires, amigo mío, un
profesor graduado en Francia y que en esa oportunidad
afortunadamente, abandonó la motocicleta en la confusión
del tiroteo. Unos años después, Jaime Baires aparecería
asesinado, bañado con ácido, según reportaron.
Zapatos
tirados, charcos de sangre, eran los mudos testigos del
dolor y del terror, de la muerte…de la pureza en los
ideales, en la entrega social, del coraje y de la
determinación de un movimiento estudiantil. Esa tarde y en
la noche no se porqué motivos no dejaban de retumbarme en
la cabeza las notas de la Novena Sinfonía de Beethoven que
aprendí a escucharla atentamente a instancias de mi padre,
quien me explicaba destacando el profundo valor humano de la
composición. Sentía que la escuchaba en el mas allá, en
el futuro.
Murieron
muchos compañeros; aunque no existe una cifra oficial, se
asegura que fueron cerca de 50 los que murieron o
desaparecieron. Entre los muertos, el Gobierno solamente
reconoció al estudiante Roberto Miranda; era un compañero
muy interesado en la investigación científica, lo conocí
personalmente porque solicitaba mi asesoría para
investigaciones sobre el movimiento campesino. Después me
enteré que también era poeta al publicarse algunos de sus
poemas en un periódico de la Universidad. El velorio de
Roberto Miranda, se realizó en Soyapango, una zona de
creciente industrialización considerada por ésa época
como "el corazón industrial de Centroamérica".
Como un modesto recuerdo por su ejemplo, le dediqué a
Roberto Miranda, mi primer trabajo de investigación
publicado en la Revista Economía Salvadoreña.
Los
sucesos del 30 de julio de 1975 deben recordarse siempre
como una de las grandes batallas por la libertad y la
democracia en El Salvador. Fué una de las tantas grandes
contribuciones de la UES al proceso de construcción de una
nueva sociedad democrática en El Salvador. El Ministro de
Defensa era el Coronel Carlos Humberto Romero,
posteriormente derrocado en 1979, siendo Presidente.
Ha
pasado más de un cuarto de siglo, hay dolores y esperanzas
eternos y para recordar esta deuda con quienes nos permiten
seguir soñando en un futuro mejor ahora la vía se llama
"Mártires del 30 de Julio".
Carlos
Evaristo Hernández
¡Vivan
Los mártires del 30 de Julio 1975!
¡Mártires
del 30 de Julio PRESENTE!
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(Extraído del Periódico CoLatino decano de la Prensa libre en El Salvador)
(Sergio Del Aguila)
Foto Archivo del Movimiento Popular de finales de la década de los 70.
El golpe de Estado contra el presidente
constitucional de Chile, Salvador Allende, el 11 de septiembre 1972, prendió la ira
anti-imperialista y el rechazo del movimiento revolucionario latinoamericano que después
de una década de reflujo, lograba reorganizarse en sindicatos, federaciones campesinas,
asociaciones comunales, círculos y talleres de estudio, grupos y asociaciones de
religiosos, de artistas e intelectuales.
Los asesinatos de Allende, Víctor Jara, del general Prats y de miles de inocentes en
Chile, como las informaciones que llegaban de Guatemala y Nicaragua acerca de la lucha de
los pueblos, pero sobre todo, el trabajo de embriones que impulsaban
las juventudes de los partidos comunistas
salvadoreño, guatemalteco o el Frente Sandinista , así como el resurgimiento de la
Asociación General de Estudiantes Universitarios (AGEUS), fueron algunos de los
factores que inspiraron a los jóvenes organizarse de las más variadas formas en los
años setentas, que por supuesto vivían la influencia que tenía en ese momento la
consolidación de la Revolución Cubana.
En la antesala de la masacre de los estudiantes del 30 de julio, brotó con fuerza el
trabajo organizado de centenares de jóvenes semilla que venían preparándose para hacer
frente a la realidad de la crisis económica del modelo capitalista en esos años, desde
ese entonces excluyente dada las condiciones de concentración de la riqueza oligárquica,
que el Partido de Conciliación Nacional y los militares de la época, con asesoría
estadounidense, defendían sin tapujos, preparándose desde aquellos años para librar las
llamadas guerras de baja intensidad que buscaron destruir cualquier movimiento de protesta
o cuestionador del orden de privilegios establecido.
La solidaridad salvadoreña con las luchas contra las dictaduras militares: la chilena,
guatemalteca, paraguaya, uruguaya, argentina o brasileña, el movimiento armado
revolucionario guatemalteco que cumplía su primera década de lucha, así como la extrema
pobreza, la falta de democracia y la reaparición de represión política en El Salvador,
motivaron a muchos de los jóvenes, que ya venían preparándose mediante el estudio
científico de la vía revolucionaria, a crear frentes amplios de lucha y a incorporar a
sus pares al movimiento.
Mientras el trabajo de organización en el seno del movimiento estudiantil venía
creciendo en la lucha por las reivindicaciones académicas y políticas que acompañaban a
organizaciones sindicales combativas, los más jóvenes, agrupados en la Asociación de
Estudiantes de Secundaria (AES) y otros incipientes grupos, venían trabajando con bajo
perfil desde el Bachillerato del Centro Nacional de Artes, en el Instituto ìCelestino
Castroî, en el INFRAMEN, o en otros centros públicos, para ofrecerle a sus compañeros
alternativas distintas al consumo de drogas o al enfrentamiento callejero que por
miniedades o resentimientos mal orientados, provocaban zafarranchos entre sí o con
policías.
La lucha por los espacios de organización democrática, por la calidad y diversificación
de la enseñanza, por mejores pagos de salarios a los profesores, por la existencia de
bibliotecas, mejor infraestructura física en escuelas primarias, secundarias y en
bachillerato, fueron las principales banderas de lucha que los jóvenes de secundaría
reivindicaban y que se sumaban a las de los universitarios en 1975.
La represión
Meses antes de la ejecución de la masacre
por militares y guardias, asesorados por policías gringos, chilenos y argentinos,
las fuerzas de la derecha gobernante lanzaron una campaña de aniquilamiento contra
líderes sociales y activistas que costó la vida de decenas y cuyos nombres,
lamentablemente, no están en las listas de los crímenes cometidos en el periodo de la
guerra popular de los años ochenta. Para ellos nuestro homenaje.
Desde inicios de los setentas las masas salvadoreñas venían viviendo un proceso de
flujo, las marchas del primero de mayo, o las manifestaciones de protesta, fueron
templando al movimiento que cada día se convertía en una amenaza al régimen cívico
militar y una alternativa para la mayoría de este país que siempre ha creído en la
justicia y aspira vivir con dignidad y felicidad.
La tarde del 30 de julio, luego de reunirnos con los universitarios que respondieron al
llamado de la AGEUS en este recinto, los aglutinados en AES decidimos encabezar la
fatídica marcha que culminó en un baño de sangre sin precedentes frente al muro de
Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), sobre el hoy sobre el Bulevar Juan
Pablo II.
Los estudiantes de secundaria de ese entonces fuimos las primeras víctimas de las armas
de efectivos de la Guardia que sin contemplaciones y junto con el ejército hicieron un
sandwich topándonos por el frente y cerrando por atrás donde venían marchando los
universitarios, quienes tuvieron numerosas víctimas por balas o traumatismos al lanzarse
del puente de la 25 Avenida.
Son miles los testimonios de cómo cada cual vivió ese momento difícil, a los que
íbamos enfrente los tiros nos zumbaron por hombros y cabezas, no hubo disparos de
advertencia ni gases en un primer momento solo tiros directos, llegaron a matar. Los
más zipotes, gracias a la solidaridad de los empleados del ISSS, fueron resguardados en
las instalaciones antes de que la Guardia, cerrara el portón.
Los que no alcanzaron a entrar al Seguro, fueron abatidos por armas en el propio muro,
muro de la vergüenza y del nunca jamás, luego paramilitares llegaron a cortar gargantas
para rematar sobrevivientes de un acto impune de la barbarie.
A 27 años de la afronta contra el pueblo que se venía organizando, quienes ordenaron y
creyeron que con represión detendrían el proceso, deben aceptar con humildad, que el
pueblo no se doblegó, que se templó en una guerra de 10 años y que está dispuesto a
continuar luchando porque el hambre, la pobreza y la mala distribución de la riqueza
desaparezcan.
Deben saber los gobernantes y los intolerantes que jóvenes sin oportunidades ni
orientación no solo son potenciales delincuentes, sino que también son voluntades
dispuestas a luchar. Al igual que en los años setentas, los muchachos y muchachas están
de nuevo sin esperanza, con muy pocas opciones y desinteresados como consecuencia del
desentendimiento que de sus obligaciones hacen los gobiernos actuales por directriz de los
organismos financieros que sólo golpean los derechos a la educación, la salud, el
trabajo y al disfrute social.
La vida de los jóvenes en la sociedad actual es un desastre, es una ìtormenta tóxicaî.
De nuevo como hace 27 años, se cierran los espacios, y no se abren los necesarios
para cubrir la demanda de las necesidades de las generaciones presentes y futuras. El 30
de julio será siempre el ícono de la incorporación de los jóvenes al compromiso de
salvar a la patria.
Ahora, en nuevas circunstancias, cuando la lucha del pueblo abrió ciertos espacios
en el sistema, se requieren de la más cara inteligencia y la preparación
concienzuda para por lo menos salvar de la desgracia a nuestros contemporáneos y por qué
no, para luchar por el bien de la humanidad.
* Sergio Del Águila, es un periodista centroamericano. Es licenciado por la
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y su principal actividad en los
últimos 14 años ha sido en agencias internacionales de noticias como
corresponsal jefe en Paraguay, Venezuela y en los últimos siete años en El
Salvador, de donde partirá a Guatemala debido al fin de su misión.
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Asociaciones estudiantiles de la UES
conmemoran masacre del 75
(Santiago Leiva, Redacción Co Latino)
Una vez más, las asociaciones de
estudiantes de la Universidad El Salvador conmemoraron el aniversario de una masacre de
universitarios y alumnos de secundaria, ocurrido el 30 de julio de 1975.
En esta oportunidad la marcha salió del mismo lugar que hace 27 años, pero esta vez no
hubo muertos ni desaparecidos, las personas encargadas de velar por la seguridad eran
policías y no Guardias Nacionales.
Desde aquella fecha, muchas cosas han cambiado. La marcha de protesta de 1975 fue a
consecuencia del allanamiento al Centro Universitario de Occidente, las
persecuciones, las masacres de campesinos y el cierre de espacios democráticos
Develan monumento para recordar a los caídos en la masacre del 75.
Hoy, los estudiantes protestan contra la
explotación, la firma de tratados con países que consideran explotadores y contra la
privatización que temen también ocurrirá en la UES.
Se desconoce el número exacto de muertos, heridos y desaparecidos, pero se sabe que la
masacre la cometió la Guardia Nacional con la ayuda de tanquetas que disparaban sin
distinción.
Este hecho sucedió sobre la 25 Av. Norte, donde ayer se develó un nuevo monumento
construido para recordar el sitio donde se dio la masacre. ìCon tanques y metrallas el
pueblo no se callaî, ìperdón y olvido jamásî, eran las consignas de los
universitarios quienes prendieron fuego a una tanqueta fabricada de ìplaywoodî, y que
fue adornada con banderas de los Estados Unidos e Israel.
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30 de Julio de 1975
(René Martínez Pineda)
Cómo pasa el tiempo, tan callando, tan
insobornable, tan quedito, tan implacable, con virtiéndose en mil espejos, empañados por
los recuerdos, que multiplican la realidad irreal; una realidad que, si me descuido y me
dejo llevar por las ansias, pierde su profundidad, pues, en ella siempre es el presente
remoto. Me recuerdo a mí mismo, hace 27 años, delgado, soñador, cabezón, travieso y
enamorado; vuelvo sobre mis fotos, carcomidas por los besos fugaces de tantos minutos
eternos, y me encuentro descubriendo las cosas que cambiaron mi vida; redescubro mi
diminuto dolor disfrazado en la sangre ajena, que siempre me acompaña para no dejarme
amaneciendo solo, sumergido en la pena, o en la nostalgia vertical y huraña.
Hace 27 años la ciudad aún era, al menos para mis trece años invencibles, una
muchacha callada; una silueta desnuda y perfecta, espiada desde las paredes inconclusas o
los montes tupidos de flores y aventuras, todos locos de promesas. En esos días, el
hambre, que yo no conocía, viajaba, somnolienta y cansada, en las procesiones humeantes y
los buses guturales que, con sus motores hirvientes, calentaban las manos grises y frías
de tanto esperar. Esos días pretéritos estaban -ah, mi lector- llenos de amigos y de
cuadernos ansiosos y de libros misteriosos que me mostraban lo mejor de la vida. En 1975,
acababa de dejar mi escuela querida, la Edelmira Molina No. 2, de Ciudad Delgado, y alejé
mis oídos, mis ojos y mis pasos de la casa, toda coqueta de cal, que amamantó mis juegos
infantiles en su patio inundado. La abandoné con mi uniforme nuevo y mis zapatos bien
lustrados comprados por mi tía en la zapatería ìEl Móduloî, previa entrega de la
medalla del primer lugar- todo lleno de ilusiones y de ansias de añil y morro,
arrastrando mis celajes como al perrito amado, y columpiándome en el arco iris
desbaratable con el solo poder de mi dedo milenario, herencia de mi bisabuela
precolombina. En 1975, estudiaba 7° grado en el Tercer Ciclo ìGral. Francisco
Menéndezî y afuera, en la calle, siempre era octubre, porque el viento deshojaba mis
ideas y mis manos para convertirlas en otra cosa, y siempre era sábado de Gloria, porque
eran los golpes de la vida (unos golpes que no sentía, ya que mi abuela interponía su
espalda) los que me hacían crecer.
En 1975, más por la realidad que por los poemas de Darío, Neruda o Juan Ramón
Jiménez, yo amplié mi diccionario -hasta entonces atiborrado de palabras mágicas como:
sol, juego, algodón, azabache, ámbar, cortejo, clarines, fantasmas, misterio- y le
incorporé palabras duras y malditas y crueles que desconocía, como: tiranía, masacre,
muerte, hambre, tortura, coroneles, las que, desde 1975, son, para mí, las verdaderas
ìmalas palabrasî. Yo nunca había visto un muerto en carne viva, y sólo sabía de
correr jugando ìladrón libradoî, o tras una pelota, o tras las nubes, pero no sabía de
correr para ganarle a una bala, o para regresar ileso a los ojos de mi abuela y mi mamá
que me esperarían, siempre, a partir de 1975, con la cena caliente, las manos tibias, el
corazón frío de tanto no latir y la mirada abierta de par en par. Ah, que año tan
contrariado ese, mis amigos, que me enseñó el sabor mítico de los panes de ìChiloloî
y el olor nauseabundo de la muerte sin protocolo.
En 1975 la ciudad inmensa dejó de ser la muchacha callada y virginal que yo
suponía, lo cual supe cuando la llevé al río; y en mis cuadernos añadí la clase
clandestina; y mis lapiceros de colores, tercos como mis anhelos, se empecinaron en usar
sólo tinta roja; y mi nombre se escondió para darle paso al pseudónimo que tanto amo
aunque, hoy, se haya ido junto al dolor del mundo; y mi cara se esfumó tras los velos
invencibles; y dejé de leer poemas para ponerme a leer los epitafios de mis amigos del
alma, que se fueron a refugiar a lo indecible y etéreo, amigos que me hacen tantísima
falta, sobre todo cuando me pongo recorrer sus caras intactas con mis dedos de luz
glacial, caras que me hacen recordar que: recordar a solas, duele. Por eso, para mí,
1975, con su 30 de julio eterno, no es una cuestión de disertación académica o
panfletaria o electorera, o un recordatorio historiográfico de los hechos que todos
conocemos.
No. 1975 es un regreso sobre las huellas olvidadas por la miseria del hoy- para
volver al lugar secreto donde jugaba con mis amigos y verlos vivos, de nuevo, y verlos
felices, y verlos, simplemente verlos, otra vez. 1975 es un recordatorio simbólico
permanente, al menos para mí, de la revolución inconclusa, esa revolución que nos
llevó a vencer el miedo a la muerte para conquistar la vida, por lo que no se trata de
recordar a los muertos, se trata de revivir por lo que murieron felices creyendo que
nosotros, hoy, los resucitaríamos en las banderas bordadas de justicia.
El cielo me avisó, con sus tormentas impuntuales y sus vientos cargados de pestes y
sus lunas con coronas rojas y sus celajes traicionados, que ese año iba a ser lo que fue:
el inicio del desvarío de Herodes, la legalización del robo arqueológico y la primer
letra de la profecía, hoy cumplida, que me decía que: ìes duro ver matando a los que
descansan en paz... será más grave que quedarse solo, esperando la utopía que se
teñirá de verde y de migajas pestilentesî. El cielo me lo avisó, pero, yo no logré
descifrar sus galimatías confusas, ni siquiera cuando me topé, cara a cara, con la
muerte anónima e impune. Fuimos varios, cipotes aún, los que participamos en la marcha
del 30 de julio y, sinceramente, no sabíamos ni porqué lo hacíamos; en mi caso, tal vez
sólo fui movido por ese anhelo abstracto de justicia y de identidad y de ìmirar lejos y
volar alto, como las águilasî, que me enseñó el profesor Luis Alberto Chávez, el
único maestro que he tenido en más de 30 años de alfabetos artríticos.
Fuimos invitados como se invita a los que no tienen entrada- por los estudiantes
de la UES, después de presentarnos, en la cancha de Basket Ball del Terciframen (como le
decíamos) obras de teatro referidas a la pobreza, las que se convirtieron en la primer
lección de historia, y de ellas aprendí que la revolución la hacen las personas comunes
y corrientes, como yo, que pueden realizar cambios, milímetro a milímetro; que los
principios revolucionarios no son letras de cambio (como los tamales) para obtener votos,
sino pautas de pensamiento; que la contribución en la construcción de una utopía no es
una cuestión de estatutos o de disciplina tutoriada por las élites, sino una actitud;
que las alianzas sólo son posibles -si queremos pintar, nuevamente, celajes en el cielo-
con las manos trabajadas y las frentes en alto, lo cual nos puede dar menos votos, pero,
nos dará un punto de partida para cambiarlo todo, mañana (claro que si lo que queremos
son votos y puestos en un gobierno desde el cual no cambiaremos nada, las alianzas
incluyen a aquellos que, ayer, masacraron al pueblo o se vendieron). Todo eso aprendí de
1975; aprendí a seguir aprendiendo, a seguir pensando.
Ese 30 de julio vi cómo se nos echaron encima las tanquetas, cómo nos vomitaron
fuego. Vi la mano de Dios deshaciendo herejías y, entonces, supe de la muerte, de la
pérdida, de la nostalgia que provocan los funerales escondidos y grises; supe del dolor
de las madres, supe del pesar de los árboles que han perdido sus hojas y sus nidos y supe
del vacío que dejan las personas cuando se van sin decirnos nada, dejándonos solos.
Corrí por calles totalmente oscuras que, de súbito, se iluminaban para cegarme; corrí
sobre lodo resbaladizo, sin poder avanzar, como en cámara lenta, con grandes piedras
atadas a mis tobillos y me topaba con puertas sin llaves; corrí por calles sin salida,
donde el aire escaseaba y el ruido lo inundaba todo en medio del silencio de la muerte.
1975, con su 30 de julio eterno, me enseñó a correr tras la vida; a esconder los
sentimientos tras una mirada profunda; a resucitar, con palabras y recuerdos, a los
muertos amados; a tragarme el dolor ajeno como si fuese el último bocado decente; a morir
de frío antes de abandonar el hogar, que se lleva adentro, en las ilusiones; a gritar
fuerte para hacer tiritar el rocío que se prende de las hojas que logran amanecer; a
acariciar con los puños cerrados y sucios; a odiar la hipocresía que se trepa, silente,
en nuestros bolsillos, como si fuera virtud y necesidad. Yo estuve en la manifestación
masacrada y, viéndola desde aquí, desde este árbol de 27 anillos simples, aún siento
los gritos imposibles, y el aliento gélido del adiós, y las esquirlas de sangre que
brotan, cual conjuro del tiempo, de las tumbas olvidadas de hoy. Aún recuerdo la cara de
mi abuela que me vio llegar, pálido y mudo, y cómo me abrazó sin preguntarme qué
pasaba y cómo sólo supo pasar sus dedos temblorosos por mi cabeza para arreglarme la
línea del pelo.
Sí, ese 30 de julio me convertí en un muerto-viviente, porque perdí mi nombre y
apellido en la pesadilla fulminante que me abatió al nomás acostarme, del lado del
corazón, y sólo pude volver de ella porque mi abuela me despertó con cruces de saliva.
Unión de Estudiantes Revolucionarios Salvadoreños 30 de Julio
Fue llevada a cabo por la fuerza armada y
estuvo planificada y ordenada por el ex-presidente del país Arturo Armando Molina y por
el ministro de defensa Carlos Humberto Romero, ambos líderes del Partido de Conciliación
Nacional (PCN).
Esta masacre se cometió contra estudiantes universitarios y de secundaria, cuando ellos participaban pacíficamente en una manifestación que partió a las tres de la tarde de la Universidad de El Salvador (UES) con rumbo a la Plaza Libertad.
El motivo de la marcha estudiantil fue en solidaridad con los estudiantes universitarios de Santa Ana, debido a que en la madrugada del 25 de julio, la fuerza armada ingresó violentamente al Centro Universitario de Occidente y destruyó laboratorios, aulas y los preparativos que tenían los estudiantes para realizar ese día un desfile bufo, como parte de las fiestas julias de ese lugar.
La masacre fue cometida cuando la manifestación pasaba sobre la veinticinco avenida norte de San Salvador(v), a la altura del Hospital General del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS).
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El 30 de Julio de 1975: un momento decisivo e histórico
Heriberto Montano*
Hace 31 años, el 30 de julio de 1975, el gobierno de la dictadura militar que administraba el Partido de Conciliación Nacional, PCN, arremetería contra una manifestación de estudiantes que se movía por la avenida universitaria de San Salvador. Eso traería consecuencias trascendentales en todo el proceso político, social, económico y cultural el país
1975 representaba un momento muy especial en el contexto mundial: eran las grandes batallas de los norvietnamitas que derrotaban la presencia militar norteamericana en el sudeste asiático, eran las revoluciones triunfantes en Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Burkina Faso, y eran también los momentos en que tomaba fuerza el Movimiento de los No Alineados, que hacía resistencia a las imposiciones políticas y económicas de los Estados Unidos y Europa.
En la década de los 70, los Estados Unidos eran un tigre herido no sólo por la resistencia mundial, sino porque la crisis del capitalismo se profundizaba, y hacía mella en su propia idiosincrasia de país imperialista: las expresiones de rechazo estaba en sus calles, y la cultura de la rebeldía se disparaba en la música, en los movimientos pacifistas y en la conciencia que hacía que los norteamericanos se manifestaran en solidaridad con los pueblos oprimidos.
La crisis también tocaba a Latinoamérica y las multitudes estaban en las calles de Bogotá, México, Buenos Aires, además de una guerrilla que se alimentaba del marxismo leninismo, además de una teología de la liberación con sacerdotes militantes y un movimiento ecuménico de base radicalizado. Era un torrente explosivo en un contexto de lucha popular que identificaba a sus opresores.
El 30 de Julio fue un gesto más del método de resolver la conflictividad social a través de la violencia. El régimen militar ya había ocupado, el 19 de julio de 1972, y cerrándola por espacio de un año, la Universidad de El Salvador, militarizándola y violentando su autonomía. Precisamente, una de las primeras medidas del gobierno de Arturo Armando Molina, quién de hecho había dado un golpe de Estado contra Napoleón Duarte, fue la toma de la Universidad.
La crisis social era a su vez crisis de poder: el régimen militar no se podía sostener sin usar la violencia, y eso se iba acentuando hasta tornarse característica de la forma de gobierno. Ya antes había golpeado, en 1968 y 1971 al movimiento magisterial, y se volvía impotente para frenar la cada vez más masiva y decisiva participación electoral de la Unión Nacional Opositora, UNO, dentro de la cual jugaba un papel decisivo el Partido Comunista, que quitaba la máscara y mostraba la entraña fascista del PCN y de la Fuerza Armada.
El movimiento de masas radicalizado alimentaba a su vez el surgimiento de las organizaciones político-militares, (ERP y FPL) y el accionar de estas a su vez estimulaban la actitud contestataria de la población, la que a su vez tendía a organizarse y a asumir una frontal beligerancia. No sólo eran las organizaciones sindicales (FUSS, FENASTRAS; FESTIAVCES), magisteriales (ANDES, el movimiento estudiantil y sus diferentes expresiones) sino también las organizaciones campesinas.
En los días anteriores al 30, cuando en San Salvador se celebraba el Concurso de Miss Universo, y el país era “El País de la Sonrisa” se había reprimido una manifestación de estudiantes en Santa Ana, con saldo de varios heridos; además se había intentado cortar el crecimiento y accionar del movimiento campesino reprimiendo con lujo de barbarie en el Cantón Tres Calles, en Usulután; La Cayetana, en San Vicente, y en Chinamequita, por la Policía de Hacienda y la Guardia Nacional.
El 30 de julio, era especial: no solamente eran los estudiantes de la Universidad de El Salvador, sino también de la UCA, de los diferentes institutos nacionales de la capital y de las poblaciones aledañas, sino un movimiento magisterial masivo, además de trabajadores de la ciudad y del campo. A la cabeza de la manifestación iban, precisamente, niños y niñas de colegios y escuelas.
El objetivo político y militar no era sólo de disolver la manifestación sino la de ser ejemplar: se utilizaron por primera vea unidades blindadas, tanquetas, y todo un contingente de soldados, efectivos de la Guardia Nacional y policías nacionales. Tanques y metralla contra niños que traían únicamente como armas cuadernos y megáfonos, que lo más fuerte que traían eran los insultos contra los gorilas hijosdeputa. Y la estrategia fue acorralarlos en medio del puente a desnivel sobre la 25 avenida, frente al hospital de maternidad, donde era difícil escapar o retroceder. Por lo mismo, fue una acción militar bien calculada y su intención fue golpear contundentemente y provocar terror.
La política continental era eso: provocar terror. Las lecciones venían de Chile, Nicaragua, Argentina, etc.
Pero las cosas no se calmaron sino que fueron, desde eso momento, una piedra en bajada, porque demostraba que era necesario remover al régimen por cualquier medio, ya sea por la vía electoral, que movilizaba a la población, o por medio de la lucha armada, misma que se alimentaba de la radicalización y desesperación ciudadana.
El 30 de julio, que fue un momento del ascendente movimiento social, también significó una cosa: la Universidad de El Salvador fue desde esa fecha identificada como un enemigo a derrotar. El intento de destruir el Alma Mater derivó en la destrucción de la educación superior nacional y en un retroceso académico y científico del cuál aún no se recobra el país.
*Heriberto Montano es poeta, escritor, licenciado en Historia y Maestría en Ciencias Históricas y profesor de Metodología de Investigación Social en la Facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador.
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