ALBUM 14 DE DE LA MEMORIA HISTORICA        

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EL ULTIMO ASALTO. NUESTRO HOMENAJE EN EL 30 ANIVERSARIO DE EL FRENTE FARABUNDO MARTI PARA LA LIBERACION NACIONAL FMLN

-De la página del FMLN Estocolmo-Suecia

 
                                                                       EL ULTIMO ASALTO

Cuando los compañeros de Raúl lo vieron por primera vez, inmediatamente saltó uno y dijo: este se parece a “Bambám”. Por la fonética del apelativo imaginé alguna relación con Zamorano, el reconocido futbolista chileno de idéntico mote, pero esa no era la razón. Era por el rostro de niño noble y la fortaleza física un tanto tosca de Raúl, atributos que alguien comparó con un famoso bebé forzudo de una conocida tira de animados norteamericana. Nadie de todos los que conocieron la participación de 12 jóvenes oficiales del PC en la  Ofensiva Final de noviembre de 1989 en la guerra de El Salvador, recuerda particularmente a Raúl, pero nadie ha olvidado a Bambám, ni a Víctor Otero, Volodia Alarcón y Cristian Bascuñan, tres de sus compañeros caídos en combate en esa guerra. 

Al llegar a Cuba en 1986 el promedio de edad del grupo no superaba los 18 años, uno de ellos, de capacidad sobresaliente y que todos llamaban “Cabro chico”, tenía 15 años cuando comienzan la preparación militar en la Isla de la Juventud en Septiembre de ese mismo 1986. Con esta historia el “Cabro Chico” dejaba sin validez la exclusividad del record establecido por Torito en el primer curso de cadetes en el lejano 1976. En 1986, diez años después de Torito, otro niño chileno comenzaba su preparación de oficial con apenas quince años de edad. Un hecho establecía una radical diferencia entre estos dos niños comunistas con sueños de guerrero libertador. Torito iniciaba su aventura de la vida cuando aún ni se conocía la Rebelión Popular, el niño del 86 comenzaba su preparación militar en septiembre de ese año, en el preciso instante que la Comisión Política del PC advierte los primeros indicios del ocaso de la Rebelión, al menos en sus aspectos más beligerantes. El grupo de Raúl incluyendo al “Cabro chico” ahora con 17 años, se graduó en julio de 1988, a escasos meses de la derrota del dictador en el plebiscito de octubre de 1988. 

Treinta y seis alumnos se graduaron en el grupo de Raúl, e inmediatamente comenzó su dispersión. No terminaban aún de disfrutar las vacaciones en las calientes playas cubanas, cuando partieron rumbo a Nicaragua en agosto de 1988. En brevísimos plazos son agrupados en pequeños destacamentos de no más de tres y los dispersan por el inmenso teatro de operaciones que ocupaban los BLI. Caminaron tanto como sus veteranos compatriotas y de cuando en cuando trabaron combates fugaces contra un enemigo escurridizo y veloz. En 1988 y comienzos de 1989 los combates comenzaron a amainar, todo indicaba que la solución al conflicto en Nicaragua venía por el lado electoral. En febrero de 1989 el grupo de Raúl estaba de regreso en Cuba. 

En Cuba el Grupo se redujo aún más,  el “Cabro chico”, titulo de oro en su graduación, regresó al país junto a un pequeño número de sus compañeros, todos con una situación legal y normal que no precisaba infraestructura ni documentación. Finalmente doce de ellos regresan a Nicaragua a comienzos de abril de 1989 y apresuradamente fueron destinados como instructores a una a escuela básica de preparación de “cachorros”. En tres meses habían impartido dos cursos de preparación básica y comenzaron a inquietarse, era mitad de 1989 y comenzaron a sentir la necesidad de continuar con su lógico esquema de superación. No podían seguir eternamente en Nicaragua, demasiados compañeros ya no estaban, una buena parte en Chile mientras ellos continuaban con una rutina en escuelas de instrucción elemental. El grupo se incrementó con un pequeño número remanente de oficiales de un curso anterior al de ellos, también varados en medio de los últimos estertores de esa guerra conocida. Entre reflexiones y aspiraciones comenzaron a reclamar, a exigir cambios de rumbo, era Junio de 1989 y al dictador aún le quedaba un poco más de medio año en el gobierno, para ellos nada había cambiado, aún eran tiempos de enfrentamiento en Chile. Los jóvenes oficiales metidos en los campos nicaragüenses poco o nada sabían del país.    

Por coincidencia el dirigente del PC Hugo Facio viajó a Nicaragua y fue la cara visible. Tres fueron las propuestas del colectivo de oficiales a la dirección del PC: Regreso a Chile, integrarse a las guerras libradas en Colombia, o en El Salvador. Así la última misión combativa de los comunistas chilenos en Centroamérica comenzaba igual como las primeras misiones de los pioneros de la “Tarea Militar” en los últimos años de la década pasada. Nacía por un reclamo, una exigencia de abajo hacia arriba, una presión de estos especialistas por luchar y darle sentido a todo lo que el propio Partido había indicado. La respuesta para regocijo de los oficiales no demoró nada, participarían en la guerra de EL Salvador. En ese preciso momento se planificaba la “ofensiva final” para noviembre de 1989. Esto tendría sus consecuencias, ellos no podrían ver al dictador con la banda presidencial, muy pronto, en marzo de 1990 el dictador daría como un pasito lateral soltando las riendas del gobierno. 

Doce fueron finalmente los integrantes del nuevo grupo. Tres de un curso anterior y nueve del grupo original. Víctor Otero era de los agregados. Al decir de Raúl, en julio recibieron una preparación acelerada de “salvadoreñismo”, costumbres, vocablos locales, geografía, tradiciones, “me aprendí hasta el himno nacional”. Poca mella hizo el curso de costumbrismo salvadoreño en los chilenos, Raúl recuerda con frescura cada sobrenombre de sus compañeros que retrataba en el acto el rasgo más sobresaliente de cada uno de ellos. Para ingresar al país se formaron cuatro grupos de tres oficiales chilenos, cada uno de estos grupos sería enviado a diferentes frentes de guerra. El ingreso más común era llegar hasta Honduras vía aérea y trasladarse por tierra  a territorio salvadoreño. Todos con pasaportes falsos y una leyenda para resistir sólo controles rutinarios. Pasaron aduanas y registros migratorios sin contratiempos, al llegar debieron hacer un vínculo clandestino en Honduras y contactar con anfitriones salvadoreños. Un hotelito barato, una dirección en calles y negocios extraños, una seña, unas palabras y por fin en manos seguras. De los cuatro grupos uno fue descubierto por patrullas hondureñas en su traslado hacia EL Salvador. Todos suponen que los militares dieron aviso a sus congéneres del otro lado de la frontera, cuando el pequeño destacamento compuesto por seis u ocho salvadoreños y tres chilenos entraron, los estaban esperando…, y cayeron en una emboscada. “Nicotina”, era el más pequeño del grupo, él apelativo era literal con su adicción, fue el sobreviviente de los chilenos que contaría los detalles que ahora recuerda Raúl. “En realidad dos compañeros salieron vivos de la emboscada, Cristian Bascuñan, que le decíamos “Cateto” y el Nico, él nos contó lo que pasó, los detalles los vinimos a saber al año siguiente cuando nos juntamos en Cuba. Fue una emboscada por lo menos de un grupo de combate enemigo, que es como un pelotón. Dos escuadras, cada una a ambos lados del sendero, y la otra dispersa de contención a decenas de metros más adelante. Nico decía que el está vivo gracias al “Cuervito”, como le decíamos a Volodia”.

¿Y Cristian no murió entonces en ese momento?

“No, sólo salió herido de la emboscada,  muere después con Víctor Otero en la ofensiva final”. ¿Y que pasó, como es que salen de allí?  

“Nico es el  que nos contó, dice que fue como toda emboscada, en tremenda desventaja y le llovían las balas por todos lados. Los salvadoreños y los chilenos pelearon duro, no recuerdo si muere algún salvadoreño en ese momento. El Cuervito muere tratando de tapar o agarrar una granada que cayó entre él y Nico en medio de tremenda balacera, su cuerpo quedó destrozado. Por eso el Nico dice que le debe la vida. El Cristian sale herido en un hombro pero nada grave, se curó en los hospitalitos de campaña y participó en la ofensiva final”. 

En algún momento dijiste que pudieron enterrar a Volodia, “al Cuervito”, y que incluso fijaron las señas que servirían para rescatar su cuerpo muchos años después. ¿Cómo hacen eso en medio de un combate tan violento? Por lo que contó el Nico, supongo que el pelotón enemigo era de soldados del servicio militar. Esos no aguantaban mucho, con cualquier cosa salían en retirada, no era lo mismo cuando uno se encontraba con tropas de batallones profesionales. “Perros” les decían a los soldados. Según recuerdo de los relatos del Nico, los perros se retiraron por el empuje y el movimiento que hace el destacamento guerrillero, el combate terminó por eso, no por que el enemigo los haya aniquilado. Por eso ellos pueden enterrar al Cuervito y precisar las señas del lugar, después  siguen rumbo al interior y finalmente Cristian y el Nico participan en la ofensiva final. Allí es donde cae definitivamente Cristian, fue en la retirada después que la Ofensiva es detenida y los compañeros son obligados a dejar la ciudad, se combatió en los barrios, calle por calle, allí sorprenden a Cristian en medio de una balacera. Con el Loco Otero pasó algo similar, pero según nos contaron después, en uno de esos últimos combates cae herido uno de sus compañeros y queda tendido en medio de la calle. Todos están en retirada y ese compañero se queda atrás, tendido en medio de la calle, en esos momentos el Loco Otero regresa y se lo echa a la espalda y no alcanza ni a caminar cuando le disparan de varios lados y muere al instante. Así cae Otero, y lo de Loco, era por eso, por que era muy arriesgado, no le importaba enfrentar el peligro. Ningún otro grupo tendría conflictos en su traslado hasta llegar a las  zonas rurales de destino. A Raúl le correspondió en las periferias de la ciudad de Usulután, al sur este  de la capital.  Después de salir de la “pequeña ciudad” o “pueblo grande”, como indistintamente señaló Raúl, no habían transcurrido ni quince minutos de traslado en vehiculo y ya habían hecho contacto con un grupo guerrillero, toda una sorpresa. Era la antesala de la guerrilla, el “living de la guerrilla”, le llamó Raúl. Eran pequeños “destacamentos de expansión” que tenían por tarea precisamente ser puente y puerta de entrada y salida hacia el campamento principal y a su vez mantenían contacto directo con la población local y vínculos con organizaciones sociales de todo tipo. No pasaban de cinco hombres en un reducido campamento rural muy cercano a un caserío. Casi todos los pobladores sabían de su existencia. La medida de protección era la misma población y simples traslados en los mismos alrededores. Al siguiente día ya estaban en el campamento principal y a cada uno de los integrantes de su grupo le asignaron misiones diferentes. A “Cebollita” le tocó el campamento central y supo como se dirigía y organizaba esa guerrilla desde la jefatura de un Frente. A Bototo lo trasladan a otro campamento del mismo Frente más al sur y realizaría cientos de misiones de traslado de medios materiales para la ofensiva de noviembre. A Raúl lo asignaron a un destacamento de combate compuesto en su gran mayoría por jovencitos de entre 15 y 16 años. 

Raúl no a podido olvidar la imagen de Mario, un medico colombiano de apariencia quijotesca, aserrando en medio del “monte” y sobre una “camilla” hecha con ramas, el hueso tibial de un guerrillero que tenía el pie destrozado por una mina “vuela-pata”. El paciente era precisamente el jefe de Raúl herido por sus propias minas en medio de una tenaz persecución tras una patrulla del enemigo. Era el primer combate significativo de Raúl y no había pasado ni una hora o quizás un siglo, y el jefe estaba neutralizado y los niños guerrilleros mirándolo y esperando sus decisiones. El era el único capaz de soportar el peso del jefe herido, en el pequeño destacamento no había nadie más con posibilidades de cargar con rapidez al jefe y sacarlo de allí. Por alguna razón le habían puesto el mote de Bambám. Para el destacamento se terminó el combate y comenzó la odisea del traslado del jefe herido. Raúl no sabe porqué soportó tanto con esa carga inerte y quejosa sobre sus hombros a través de cafetales y trillos peligrosos, estaban a horas de camino del campamento central. En algún momento del extenuante ejercicio se percató que había olvidado recursos elementales. Después de un breve reposo dio algunas indicaciones y en pocos minutos armaron una camilla de traslado con un largo palo de monte y las hamacas plásticas que siempre tienen los guerrilleros del trópico. Todo se aligero de inmediato. Cuando pudieron llegar al campamento central Mario los esperaba. Estaban avisados por un buen sistema de comunicaciones en clave radial que nunca falló. Mario limpió bien la herida, suturó todo lo que pudo suturar, pero no pudo cubrir con la piel restante del muñón entumecido un porfiado pedazo de hueso tibial demasiado largo y astillado. No había cierras en el campamento y el médico se culpó por su falta de previsión. De repente alguien le insinuó el uso del tradicional machete, Mario ni le contestó. En un instante y cómo iluminado por una súbita genialidad, se acordó de su cortaplumas multiusos, esos con una clásica cruz blanca con fondo rojo que dicen ser de procedencia Suiza. El medico cirujano aserraría el hueso con paciencia infinita ayudado por la sierrita del cortaplumas. Por suerte el jefe del destacamento estaba anestesiado, pensaba Raúl en ese entonces, mientras sujetaba el extremo del muñón como un asistente improvisado. Cuando las tensiones amainaron y la herida quedaba completamente sellada, Raúl le dijo a Mario: “Oficialmente te nombro mi médico personal”.

La dirección principal de la ofensiva final fue la capital San Salvador y hacia allí se concentraron todos los esfuerzos en hombres, armamento y todo tipo de aseguramiento material. Todo el campamento de Raúl recibió la misión de trasladarse y concentrarse en un punto determinado en la zona del volcán Guazapa, muy cerca de la ciudad. Lo extraordinario fue que la mayoría se trasladaría en pequeños grupos todos bien afeitados y vestidos como cualquier citadino a buscar un vínculo clandestino en las periferias de la capital. Otros destacamentos y la logística habrían hecho largos y riesgosos desplazamientos. Quince días antes, todos estaban instalados y recibieron las tareas preparatorias para la gran ofensiva final…, su nombre encerraba la determinación de una estrategia definida por la Comandancia General del FMLN, sería la última…, la de la victoria.    En las dos semanas que antecedieron al combate final, Raúl junto a Joel, un salvadoreño joven astuto, decidido y de pocas palabras recibieron la misión de conocer al dedillo un pequeño sector periférico de la ciudad cruzado por un río semi seco, con un puente que a todas luces era el punto principal de todo el sector a estudiar. El camino no pavimentado era una salida absolutamente secundaria por el norte de la ciudad hacia ese sector semi rural y periférico.  No lejos de allí Joel instaló su base de operaciones, era la casa del “Primo” y su mujer Anita, una casa segura para los guerrilleros francamente situada en el sector rural, pero cercana a la zona de operaciones. “Primo” no era primo de nadie, lo llamaban así: “Primo”. Para llegar desde la casa al sector indicado a estudiar, Raúl y Joel caminaban por senderos hacia el sur y al rato cruzaban un río de laderas abruptas con forma de pequeño cañón, un par de horas más tarde estaban en la zona encomendada. El par de semanas que faltaba para la ofensiva final les bastó para conocer todos los detalles del terreno y de la gente más cercana. Su misión era simple, impedir un probable cruce de los “perros” por el río hacia el norte. En otras direcciones se hacían los esfuerzos principales y por allí se podía esperar alguna maniobra de envolvimiento. El destacamento de Joel cumpliría una misión defensiva secundaria en su propio Frente como parte de la Ofensiva Final. Raúl no sabe si es por el tipo de misión o por la carencia de hombres más hechos que su destacamento otra vez estaba compuesto en su mayoría por jovencitos de entre 15 y 16 años. Joel era el mayor y con más experiencia, tenía 22 años, Raúl 19.

La Ofensiva Final comenzó en todo el país a las cero horas del 11 de noviembre de 1989. El pequeño destacamento de Raúl no tuvo ninguna dificultad en el traslado hacia unas pequeñas elevaciones dispuestas justo al lado norte del río y el puente a defender. Desde la posición de observación de Joel, al sur quedaba la ciudad, a su espalda el norte la periferia y el campo. En horas ya estaba preparada la defensa, distribuidos los bisoños guerrilleros y bloqueado el puente con todo aquel vehiculo que esa noche intentó cruzar. Inmediatamente a la salida del puente en la dirección norte, los guerrilleros con la total colaboración de la población cercana abrieron una inmensa zanja. Por allí no podría cruzar ningún vehiculo de los soldados enemigos. A ambos lados del río no había casas cercanas. A la izquierda del puente estaba la zona más desprotegida.

Al amanecer divisaron los primeros soldados. Se acercaban con sigilo en medio del descampado casi justo frente a ellos, ya estaban a tiro de un fusil certero. Joel casi al centro del sector, y Raúl como en una franja móvil se desplazaba protegido prestando especial atención a su flanco izquierdo. En algún minuto Joel indicó abrir el fuego, los soldados tendidos justo en su frente eran presa fácil de los guerrilleros. De todos lados disparaban y de cuando en cuando una tanqueta realizaba el fuego, los guerrilleros se escondían y los soldados avanzaban protegidos por los accidentes del terreno. La situación no cambió drásticamente hasta que Raúl percibió que todo lo que se hacía por el frente eran medidas de encubrimiento y distracción. Por el flanco izquierdo los soldados ya habían cruzado el río y disparaban intentando subir, mientras otros se desplazaban por detrás de las elevaciones del flanco derecho. Combatían intensamente y Raúl gritaba exigiendo disparar sólo cuando el enemigo se hiciera visible, las municiones se agotaban de manera peligrosa y los niños guerrilleros soltaban ráfagas en cualquier dirección, mientras Raúl corría de un lado a otro intentando tapar brechas y previendo lo inevitable. Los guerrilleros pueden haber soportado el empuje de hasta una Compañía enemiga por no más de cuatro horas.  En algún momento estaban flanqueados por ambos costados. No había tropas amigas contiguas con quién establecer la cooperación, ni existían reservas en la retaguardia.  Joel advierte inmediatamente el peligro y ordena la retirada, el enemigo flanqueaba pero aún no era visible. Salieron con cierto orden y lo más rápido posible. No esperaban que más adelante, mientras se desplazaban, el enemigo se acercaba velozmente a la dirección de su salida. Cuando la hilera de una veintena de guerrilleros corría como encorvados hacia el norte a campo traviesa protegidos por una vegetación rala, se encontraron por su flanco izquierdo con numerosos soldados, talvez a menos de 80 metros de distancia. La balacera se hizo infernal y los guerrilleros disparaban de lado y corriendo, los soldados se tendieron e intentaban disparar apoyados, como cazando a los guerrilleros en su veloz desplazamiento. No existía ninguna otra salida, quedarse allí era la muerte segura. Joel gritaba instando a todos a salir, a correr, disparaba y gritaba, avivando enardecido, como extraviado, portaba una ametralladora M60 que quemaba, disparaba, miraba a todos, corría, gritaba y vuelta disparar su M60 y los guerrilleros niños en hilera corriendo, salvándose, viviendo. Raúl no se despegaba de su lado, y lo imitaba, eran los últimos, los jefes, los mayores, los adultos. En algún momento cuando faltaba poco para alejarse de la intensa balacera, cuando la mayor parte del destacamento a rastras se internaba en el monte, cuando hasta los heridos cojeando desaparecían de su vista, Raúl recibe una andanada de tiros en ráfaga mientras disparaba a escasos metros de Joel. Lo más violento fue en su cabeza, sintió un impacto atronador, como si lo hubiesen golpeado con la misma consistencia de un riel de línea de ferrocarril. Al instante lo abrazó un silencio total, extraño, como un vacío, la nada misma  en medio del infierno.  Raúl era un agnóstico empedernido y al momento de reconstruir su historia lo sigue siendo, pero repite una y mil veces que él salió de su cuerpo, que en un momento se vio tirado en el suelo y su cuerpo  como ajeno,  ensangrentado, y él flotando sin peso, en medio de esa locura silente y como “en cámara lenta” y casi sin perspectiva de profundidad. Desde su irracional altura vio con claridad desde donde los soldados estaban disparando. Posiblemente su viaje por el limbo de la vida no duró ni un segundo, en seguida bajó y aún recuerda con absurdo detalle su oreja izquierda llena de sangre en los precisos instantes que percibe como entra a su cuerpo caído y a lo lejos escucha su nombre gritado por Joel. Joel lo hala y lo remueve, ya sin su M60, lo grita mientras con su mano libre dispara con su pistola. Raúl como zombi se levanta y mal corre, a tientas, casi no ve, apenas siente a Joel que dispara, que lo empuja, lo grita, lo anima. ¡Corre Raúl… corre… dale… corre!  

Y Raúl no corrió, trastabilló y cayó muchas veces, después medio caminó, todo aparecía doble y lejano, brumoso y descolorido. No sabía si la lejanía de todos los ruidos se debía a la distancia recorrida o simplemente que casi no sentía nada. A Joel nunca más lo vio ni lo escuchó. Caminó alejándose con las alturas del Guazapa como única referencia, las veía doble, hasta descubrir que cerrando un ojo todo se tornaba más nítido. La sangre corría por su mejilla izquierda y le empapaba la ropa, el brazo derecho estaba sangrando y cuando pudo reparar en ello, vio su antebrazo con un hueco profundo mucho más grande del que pudiera provocar un proyectil. Tomó un pañuelo “roji-negro” con las siglas del FMLN y trató de frenar la hemorragia. En las piernas no sentía nada, no se detuvo, todo lo hizo caminando, en algún instante reparó que su pecho también sangraba y lo sentía caliente, extrañamente nada le dolía. Metió su brazo semi vendado entre la camisa verde olivo y apretó las heridas del medio de su pecho y así continuó su camino. 

Caminó y caminó medio perdido en dirección a las alturas y con la infinita esperanza de encontrar el río ese que parecía un pequeño cañón, con sus laderas abruptas, por allí estaba cerca la casa del Primo y de Ana. 

¿Cuánto tiempo caminaste así, Raúl?

“No se, el combate se desarrollo en la mañana, salimos de allí como a mitad de la mañana, puede ser dos o tres horas y encontré una casa, se veía muy lejos y cada vez que me acercaba, la casa se veía más lejos aún. Allí encontré un campesino y a su mujer, estaban muy asustados cuando me vieron llegar, me dieron un poco de agua y les pedí que me dejaran descansar un rato, el hombre lleno de miedo  me llevó a un escondrijo en medio de un cafetal, allí medio dormité y me di cuenta de mis posibilidades. No sabía que tenía en la cabeza ni en el pecho, me tocaba los huecos de la cabeza y sentía el hueso, no me dolía y ya no sangraba, después supe que tenía tres surcos hechos por los proyectiles sin llegar a la membrana interior, en el pecho pasó algo parecido, una bala cruzó los pectorales de lado a lado arrancando músculos y piel sin tocar un hueso, en el antebrazo tenía un trozo de piedra metido entre los dos huesos, el radio estaba astillado, después me explicaban que por todas esas razones no me había desangrado. Al rato de estar descansando me sentí que podía seguir, los soldados perfectamente podían estar de cacería. Estaba muy cerca de donde habían sido los combates. Me fui de allí igual, caminando y lo mas extraordinario para mi en esas circunstancias, es que los campesinos me indicaron con precisión donde quedaba el río con forma de cañón. Caminé un poco mejor, abriendo y cerrando un ojo hasta que al atardecer por fortuna llegue al río, no se cómo lo cruce, creo que me fui tirando sentado de escalón en escalón que están hechos en sus laderas, y después subí gateando con una mano. Al rato encontré una casa de campesinos que me recogieron y me atendieron, ya era casi de noche, hicieron todo lo posible por ayudarme, allí ya me sentí más seguro y tranquilo.. Estos campesinos conocían al Primo, estaba bastante lejos, era de noche y lo fueron a buscar al amanecer del otro día. ¿Sabes quién apareció como al medio día?

No, no se, el Primo, ¿no?

“Apareció Anita, su esposa, la esposa del Primo que decía que yo era su hermano… ¿Y sabes quien vino con ella? 

No, no se… ni me lo imagino.

Llegó con Mario, ¿te acuerdas? ¡Mi médico personal…! cuando lo vi me dije…, de esta escapé1”.                                                   1 Entrevista con Raúl. Fue el único oficial participante que sale herido de esta Ofensiva Final. No me fue  posible contactar con los otros participantes, todos con experiencias combativas muy similares a la vivida por Raúl y por sus tres camaradas muertos en combate.   

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