ALBUM 6 DE LA MEMORIA HISTORICA      

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ALBUM # 2 ALBUM # 3 ALBUM # 4 ALBUM # 5
1 2- 3-

 

4 5 6- CDT JEREMIAS
7 8- CEPILLIN 9- CHANO
10- CHANO - WALTER 11-CHELE ULISES 12- TOMAS_RAJO

 

 

 

13 -CHIPON 14-CHIJIN 15- COMANCHES
16- GUAZAPA 17 18DOMINGO_PIPISA_GUILLERMO
 
19 20-Damian_Alegria 21-mi dormitorio
22-DOUGLAS 23-E_ZOLORSANO 24
25 26 27
28EDWIN_PANCHON_CHELE_GENA 29RN GUAZAPA recupera tanqueta 30
31-EN EL TABURETE 32-EL TOPO LOS TOROGOCES-33
34 35 36

Manuel

MEJICANOS

37 38 39

CARIAS ORTEGA

BERLIN

40 41 42

 

43 44 45
46 47 48

combatientes

49 50 51

 

52 53 54
55 56CAMILO TURCIOS 57
58 59 60
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94 95 96
97 97-Ernesto Jovel 99
   
100-ANDRES - CHURU    

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AQUEL 28 DE FEBRERO

Eran las 3 de la tarde, del 28 de febrero de 1977, y el sol iluminaba fulgurante sobre la Plaza Libertad. Una multitud de miles de seguidores cubría calles  y aceras del Gran Salvador.

Adultos, jóvenes, ancianos y niños integraban aquel contingente que vitoreaba al Coronel Ernesto Claramount, candidato a la presidencia por la Unión Nacional Opositora (UNO).

Estaban seguros de que la victoria electoral, de ese año, fijaba a la UNO como la virtual ocupante de la presidencia.

El día se tornaba intenso y todo parecía que las cosas continuarían con normalidad hasta la celebración nocturna.

Habían pocas nubes, pero el clima era propicio para una convocatoria tan masiva, que no cabría ni un alma más en la Plaza Libertad.

Buena parte de los asistentes venían del interior del país: Usulután, Cabañas, Chalatenango, La Paz y otros departamentos.

La forma de vestir reflejaba su procedencia campesina, proletaria y la vulnerabilidad social a la que habían sido sometidos durante años. “Cantábamos y celebrábamos con canciones de protesta y cada vez se llenaba este lugar”, relata  Santiago Portillo, uno de los sobrevivientes de aquel aciago 28 de febrero.

La mirada de muchos reflejaba el temor y la incertidumbre de lo que fuera a pasar con el transcurrir de las horas.

La razón más precisa era que, durante semanas, el gobierno militar en turno dio señales de no ceder el puesto a la oposición.

“Vivíamos en un régimen de dictadura, lo sabíamos, pero el pueblo deseaba usar su derecho al sufragio para cambiarla y tomar un camino democrático”, señala Norma Guevara de Ramirios, diputada del FMLN, también testiga ocular de los acontecimientos.

A las cinco de la tarde, estaba programada otra concentración en la Iglesia de la Colonia Miramonte, dirigida por el Padre Alfonso Navarro.

El propósito redundaría en la celebración de la victoria de Claramount y su partido, del cual, De Ramirios también formaba parte. El sol empezó a caer y sus últimos rayos reflejaron el triste fenecimiento de un día agitado y caluroso.

Los contornos de los edificios eran invadidos por una espesa oscuridad que proyectaba la mutación de una ciudad en conflicto.

Los centros comerciales permanecieron cerrados todo el día. La venta informal aprovechó las ventajas que le dio la ocasión, incluso al caer la noche.

Ante ese escenario, algunos  manifestantes decantaban por retirarse del lugar.  Aún así, un número indeterminado continuaba con voz en cuello, pidiendo transparencia en el proceso electoral.

Eran las siete de la noche y todo seguía con aparente tranquilidad.

Gritos y disparos
No fue hasta que, transcurridas cinco horas, exactamente a las 11:50 p.m., se oyeron gritos provenientes de tres lados del parque.

El primero fue desde el ex Cine Libertad. El segundo, desde el Banco Hipotecario (hoy Biblioteca Nacional) y el tercero , desde la zona Nor-oriental de la Plaza.

“Empezaron a gritar que teníamos que desalojar (el parque). No dieron tanta explicación cuando empezó la balacera”, recuerda Portillo, de 74 años de edad.

Uno de los activistas y dirigentes de la UNO pidió que el Himno Nacional se escuchara por los altos parlantes. 

La intensión era que los cuerpos de seguridad del Estado dimitieran de su acción genocida.

“Las fuerzas represivas no se detuvieron. A medio Himno Nacional,  oí las campanas de la Iglesia El Rosario. De repente, ya no se escucharon. Un muchacho de 14 años había caído muerto desde donde se encontraban las campanas”, cuenta, sin perder detalle de lo ocurrido, el septuagenario, que en esa epoca  contaba con 42 años de edad.

En medio de la confusión, el abatimiento y desesperación, las personas comenzaron a correr.
Los que tuvieron mejor suerte ingresaron a la Iglesia El Rosario. Portillo no logra precisar cuántos se escabulleron al interior del templo, pero entre ellos, estaba la diputada De Ramirios, el actual Alcalde de Santa Tecla, Oscar Ortiz, y él. Desde allí, se escuchó la interminable secuencia de disparos y los gritos aterrorizantes de la gente.

“Los que no cupieron en la iglesia, algunos se escaparon por las calles y otros fueron asesinados”, agrega.

Fueron momentos que se transformaron en eternidad. La dictadura militar había disparado contra un grupo de la población inerme.

“Allí fueron asesinados niños de uno, dos o tres años”, recuerda José Eugenio Berríos, también sobreviviente y miembro de las Comunidades Ecleciásticas de Base de la Red de San Salvador.  

Mentira poco conocida
Antes de que el reloj marcara las 5 a.m., del siguiente día, las fuerzas represoras comenzaron a reunir cinco camiones cisternas.

Berríos comenta que él mismo vio las pretensiones de la dictadura: Borrar las evidencias del magnicidio. Los hombres que comandaban  el convoy de pipas comenzaron a lavar la sangre derramada en la Plaza y las calles.

“Ese mismo día, los periódicos informaron que las fuerzas represoras habían desalojado a la gente con agua. ¡Que mentira más grande!”, exclama con indignación Berríos.

Después de muchos años, Portillo, Berríos y la diputada  del FMLN, De Ramirios, llegaron a la Plaza Libertad para rememorar a las víctimas de la masacre.

“Hoy queremos que las nuevas generaciones recuerden que la lucha de estas personas fue por una causa noble: fue porque se respetara la democracia y al pueblo salvadoreño”, reflexiona De Ramirios, quien también es parte de la Comisión de Hacienda de La Asamblea Legislativa.

 

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