Eran las 3 de la tarde, del 28 de febrero
de 1977, y el sol iluminaba fulgurante sobre la Plaza Libertad. Una
multitud de miles de seguidores cubría calles y aceras del Gran
Salvador.
Adultos, jóvenes, ancianos y niños integraban aquel contingente que
vitoreaba al Coronel Ernesto Claramount, candidato a la presidencia por
la Unión Nacional Opositora (UNO).
Estaban seguros de que la victoria electoral, de ese año, fijaba a la
UNO como la virtual ocupante de la presidencia.
El día se tornaba intenso y todo parecía que las cosas continuarían con
normalidad hasta la celebración nocturna.
Habían pocas nubes, pero el clima era propicio para una convocatoria tan
masiva, que no cabría ni un alma más en la Plaza Libertad.
Buena parte de los asistentes venían del interior del país: Usulután,
Cabañas, Chalatenango, La Paz y otros departamentos.
La forma de vestir reflejaba su procedencia campesina, proletaria y la
vulnerabilidad social a la que habían sido sometidos durante años.
“Cantábamos y celebrábamos con canciones de protesta y cada vez se
llenaba este lugar”, relata Santiago Portillo, uno de los
sobrevivientes de aquel aciago 28 de febrero.
La mirada de muchos reflejaba el temor y la incertidumbre de lo que
fuera a pasar con el transcurrir de las horas.
La razón más precisa era que, durante semanas, el gobierno militar en
turno dio señales de no ceder el puesto a la oposición.
“Vivíamos en un régimen de dictadura, lo sabíamos, pero el pueblo
deseaba usar su derecho al sufragio para cambiarla y tomar un camino
democrático”, señala Norma Guevara de Ramirios, diputada del FMLN,
también testiga ocular de los acontecimientos.
A las cinco de la tarde, estaba programada otra concentración en la
Iglesia de la Colonia Miramonte, dirigida por el Padre Alfonso Navarro.
El propósito redundaría en la celebración de la victoria de Claramount y
su partido, del cual, De Ramirios también formaba parte. El sol empezó a
caer y sus últimos rayos reflejaron el triste fenecimiento de un día
agitado y caluroso.
Los contornos de los edificios eran invadidos por una espesa oscuridad
que proyectaba la mutación de una ciudad en conflicto.
Los centros comerciales permanecieron cerrados todo el día. La venta
informal aprovechó las ventajas que le dio la ocasión, incluso al caer
la noche.
Ante ese escenario, algunos manifestantes decantaban por retirarse del
lugar. Aún así, un número indeterminado continuaba con voz en cuello,
pidiendo transparencia en el proceso electoral.
Eran las siete de la noche y todo seguía con aparente tranquilidad.
Gritos y disparos
No fue hasta que, transcurridas cinco horas, exactamente a las 11:50
p.m., se oyeron gritos provenientes de tres lados del parque.
El primero fue desde el ex Cine Libertad. El segundo, desde el Banco
Hipotecario (hoy Biblioteca Nacional) y el tercero , desde la zona
Nor-oriental de la Plaza.
“Empezaron a gritar que teníamos que desalojar (el parque). No dieron
tanta explicación cuando empezó la balacera”, recuerda Portillo, de 74
años de edad.
Uno de los activistas y dirigentes de la UNO pidió que el Himno Nacional
se escuchara por los altos parlantes.
La intensión era que los cuerpos de seguridad del Estado dimitieran de
su acción genocida.
“Las fuerzas represivas no se detuvieron. A medio Himno Nacional, oí
las campanas de la Iglesia El Rosario. De repente, ya no se escucharon.
Un muchacho de 14 años había caído muerto desde donde se encontraban las
campanas”, cuenta, sin perder detalle de lo ocurrido, el septuagenario,
que en esa epoca contaba con 42 años de edad.
En medio de la confusión, el abatimiento y desesperación, las personas
comenzaron a correr.
Los que tuvieron mejor suerte ingresaron a la Iglesia El Rosario.
Portillo no logra precisar cuántos se escabulleron al interior del
templo, pero entre ellos, estaba la diputada De Ramirios, el actual
Alcalde de Santa Tecla, Oscar Ortiz, y él. Desde allí, se escuchó la
interminable secuencia de disparos y los gritos aterrorizantes de la
gente.
“Los que no cupieron en la iglesia, algunos se escaparon por las calles
y otros fueron asesinados”, agrega.
Fueron momentos que se transformaron en eternidad. La dictadura militar
había disparado contra un grupo de la población inerme.
“Allí fueron asesinados niños de uno, dos o tres años”, recuerda José
Eugenio Berríos, también sobreviviente y miembro de las Comunidades
Ecleciásticas de Base de la Red de San Salvador.
Mentira poco conocida
Antes de que el reloj marcara las 5 a.m., del siguiente día, las fuerzas
represoras comenzaron a reunir cinco camiones cisternas.
Berríos comenta que él mismo vio las pretensiones de la dictadura:
Borrar las evidencias del magnicidio. Los hombres que comandaban el
convoy de pipas comenzaron a lavar la sangre derramada en la Plaza y las
calles.
“Ese mismo día, los periódicos informaron que las fuerzas represoras
habían desalojado a la gente con agua. ¡Que mentira más grande!”,
exclama con indignación Berríos.
Después de muchos años, Portillo, Berríos y la diputada del FMLN, De
Ramirios, llegaron a la Plaza Libertad para rememorar a las víctimas de
la masacre.
“Hoy queremos que las nuevas generaciones recuerden que la lucha de
estas personas fue por una causa noble: fue porque se respetara la
democracia y al pueblo salvadoreño”, reflexiona De Ramirios, quien
también es parte de la Comisión de Hacienda de La Asamblea Legislativa.