ALBUM
9 DE LA MEMORIA HISTORICA 
Himno del FMLN en mp3...Haga clic acá para descargar
Fotos llegadas por correo como colaboración para la memoria histórica. Si reconoce a alguien o algún detalle, envielo por correo electrónico con el número de album y número de la foto. Disculpas si algunas se repiten. farabundovive@yahoo.com
La primer parte de fotos corresponde a refugiados en Mesa Grande.
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| 98 El Burro Paco con fusiles | 99-Produciendo Dulce | 100 |
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8 DE MAYO DE 1979. MASACRE EN CATEDRAL
Aproximadamente a las 12:45
PM del martes 8 de mayo de 1979 la primera ráfaga de balas salió del fusil de un
policía nacional apostado en el costado nororiente de la Plaza Barrios. Los
manifestantes posaron sus vistas en esa dirección hasta que el pito del oficial
señaló la orden de disparar para todos los efectivos policiales, los disparos
irían entonces dirigiéndose de ese costado hacia las gradas de la Catedral de
San Salvador.
Por Eduardo B. Rodríguez (*)
Haga clic aqui para ver el video de la masacre
Masacre en la Catedral
La historia no debe olvidarse; desde aquel 8 de mayo hasta la fecha cuentan 30
años de impunidad LOS ANGELES - Aproximadamente a las 12:45 PM del martes 8 de
mayo de 1979 la primera ráfaga de balas salió del fusil de un policía nacional
apostado en el costado nororiente de la Plaza Barrios. Los manifestantes posaron
sus vistas en esa dirección hasta que el pito del oficial señaló la orden de
disparar para todos los efectivos policiales, los disparos irían entonces
dirigiéndose de ese costado hacia las gradas de la Catedral de San Salvador.
Allí, quedaban aún una centena de manifestantes del Bloque Popular
Revolucionario (BPR) esparcidos entre las gradas de la iglesia y la calle frente
a ellas. Los manifestantes exigían la liberación de cinco de sus dirigentes
capturados por efectivos del gobierno y a quienes las autoridades negaban
tenerlos detenidos.
La protesta pacífica había sido programada originalmente para salir la mañana de
ese 8 de mayo desde el Parque Cuscatlán para luego marchar hasta la Catedral de
San Salvador, ocupada por miembros del BPR desde las capturas de sus dirigentes
en los primeros días de ese mes. El BPR también mantenía ocupadas las embajadas
de Costa Rica, Venezuela y Francia como forma de denunciar las capturas y la
creciente represión de las antiguas fuerzas de seguridad salvadoreña. El 7 de
mayo por la tarde, dichas fuerzas de seguridad montaron un operativo militar
alrededor del mencionado Parque para evitar la anunciada manifestación del
siguiente día. Horas antes en ese 7 de mayo y durante los actos de celebración
del Día del Soldado en San Salvador, el Presidente de la República, General
Carlos Humberto Romero, hizo públicas sus advertencias de reprimir las protestas
del BPR.
Ante el operativo militar en el parque, la organización popular decidió el 8 de
mayo la realización de una manifestación alternativa en el centro del municipio
de Mejicanos. Aproximadamente a las 10 AM, los manifestantes recorrieron las
calles alrededor del mercado de ese municipio. Luego, se dirigieron al Centro de
San Salvador. Caminaron por la hoy Avenida Monseñor Romero y se dirigieron en
dirección sur hacia la Catedral metropolitana. Antes del mediodía, la
manifestación había conseguido llegar sin contratiempos hasta la Catedral y los
participantes ocuparon la calle frente a la entrada principal en la cuadra sur
del templo. Los discursos y las presentaciones culturales avivaban el ambiente.
Por más de una hora, el evento transcurrió pacíficamente hasta que la Policía
Nacional ocupó la Plaza Barrios ubicada frente a la iglesia. La plaza servía de
parqueo y los policías se ubicaron detrás de los carros.
Los policías fueron apostados en la Plaza en tandas de dos grupos de
aproximadamente 20 agentes cada uno. El primer grupo policial pasó desapercibido
hasta que uno de los oradores del mitin señalo al resto de manifestantes la
presencia de dichos agentes. El anuncio causó un poco de conmoción pero los
llamados al orden de los dirigentes en la manifestación contribuyeron a la calma
y a mantenerse ordenadamente en el acto de protesta. Después de varios minutos,
el segundo contingente de policías llegó a bordo de un camión militar y el grupo
se bajó en el costado sur de la Plaza, frente al edificio del antiguo Banco
Hipotecario. En este grupo arribó también un oficial en uniforme verde olivo,
distintivo que lo diferenciaba del resto de policías que portaban su habitual
uniforme y su fusil G-3. Desde su entrada a la Plaza actuaron agresivamente y el
oficial hizo avanzar a todos los policías hacia el costado norte para ubicarse
frente a la Catedral y apostándose detrás de los últimos vehículos parqueados.
Los manifestantes se desordenaron. Unos se quedaron en la calle, algunos
entraron al templo, la mayoría se colocó en las gradas y el resto se dispersó
hacia los costados. El sol alumbraba por completo a esas horas del mediodía y
las calles del centro capitalino se mantenían con mucha afluencia de empleados y
estudiantes. Los llamados a mantener la calma se mantenían pero el movimiento
agresivo de los policías sembraba la duda de si actuarían violentamente. Los
disparos en el costado oriente de la Plaza despejarían esas dudas. Después de
unos segundos de sorpresa, el pitido del oficial ordenando al fuego iniciaría el
fusilamiento de los manifestantes desprotegidos en las gradas de Catedral. Los
fusiles G-3 de los policías, e incluso los de guardias nacionales apostados en
los balcones del Palacio Nacional, al costado poniente de la Plaza Barrios,
enfilarían sus balas criminales hacia las espaldas de los activistas. Su única
alternativa fue tirarse al suelo aunque por su posición en las gradas eran un
blanco fácil. Los militantes quedarían con pequeñas entradas de proyectiles
atrás en sus cuerpos, pero inmensas grietas en sus pechos, prueba de que los
policías disparaban a las espaldas de los manifestantes.
Conforme los fusiles obedecían la orden del pito del oficial, las balas
trasladaban la muerte desde los costados en dirección a las gradas. Allí, varias
decenas de manifestantes se apretujaban unos encima de otros tratando de entrar
al recinto por la única puerta abierta del portón principal. Las balas abrían
hoyos en la baranda de hierro que cercaba el templo. El polvo del cemento y una
humareda se levantaba de las gradas. Los activistas, jóvenes en su mayoría, se
aglomeraban tratando de entrar a la Catedral. Unos encima de otros, amarrados
por el apretujamiento, con el miedo paralizándolos y empujándolos a la vez, los
manifestantes no podían escapar. La única puerta abierta del portón era
inadecuada para permitirles a todos la entrada que los pusiera a salvo. Desde
dentro de la iglesia varios de los activistas trataban de halar hacia la
seguridad del recinto a sus compañeros. Los parlantes de la iglesia denunciaban
la masacre en voces de sus ocupantes. Las detonaciones, los gritos de pánico y
dolor, y los impactos de balas, creaban un horrendo e interminable ruido de
miedo y muerte.
Los rifles de la policía hacían sus destrozos impactando en los manifestantes.
Los heridos se levantaban y en medio de las balas saltaban sobre las espaldas de
sus compañeros. Otros se desangraban debajo o arriba de los otros cuerpos sin
poder alcanzar su salvación. Los que habían quedado aislados en las gradas
morían inmediatamente. Transeúntes en la Plaza Barrios yacían muertos en el
parque, sus cuerpos luego removidos por la policía antes de levantar el cerco
militar. Los de adentro de la iglesia continuaban halando a sus compañeros. Las
marcas de sangre de los heridos quedaban pintadas en el suelo del templo al ser
arrastrados sus cuerpos por alejarlos de la línea de fuego. Los más jóvenes
caían en shock, había gritos por toda la iglesia y los llantos no cesaban. Los
disparos tampoco acababan y los minutos se hacían eternos. En pleno centro de
San Salvador, a pleno día, en el principal templo religioso del país y frente a
periodistas extranjeros, increíblemente las fuerzas de seguridad del gobierno
mostraban su intolerancia e irrespeto a la vida asesinando a campesinos y
estudiantes.
Cuando las balas cesaron después de la masacre y la mayoría de los manifestantes
habían logrado entrar, o se les había ayudado a entrar, el reloj de ese nefasto
día marcaba más de la una de la tarde. Afuera, los cuerpos en diferentes
posiciones de unos 7 miembros del BPR quedaron tendidos en las gradas. Delmy
Victoria Rodríguez, estudiante de la Universidad Nacional, yacía entre esos
cuerpos, su vida deshecha por las balas al igual que las de los estudiantes
universitarios de la UCA José Fidel Castro y José Roberto Sarmiento. Norma Sofía
Valencia, una joven de 20 años y militante del Movimiento Estudiantil
Revolucionario de Secundaria (MERS), una de las organizaciones del BPR, moría en
las gradas consciente y heroicamente con su cuerpo como escudo de protección
para sus compañeros. Ramiro Mejía, un joven boxeador y también del MERS, era
asesinado por la policía, sus habilidades y sueños destrozados en esas gradas. A
Luz Dilia Arévalo, organizadora de las vendedoras de los mercados y antes
organizadora de estudiantes de la nocturna, la penetraba una bala de G-3 por su
vagina. Más tarde moriría en el interior de la iglesia, desangrada y sin
posibilidad de atención médica por la negación de la Policía y el ejército
salvadoreño, que apareció más tarde, a levantar el cerco militar y permitir el
ingreso de ayuda. Este cerco alrededor de la iglesia se mantendría hasta el
siguiente día.
En el interior de Catedral se desangraban otros heridos. Los llantos de estos,
sus rezos y gritos de auxilio se diluían conforme pasaban las horas. La policía
y el ejército respondían con más balas hacia la Catedral. Cada cierto tiempo se
escuchaba el nefasto pito y los fusiles detonaban, las tanquetas que luego
llegaron también disparaban balas de grueso calibre contra la iglesia como
manera de mantener el miedo en los del BPR. De nada sirvieron los llamados
hechos en los altavoces para que dejaran entrar las ambulancias. A eso de las
7PM entro el primer grupo de delegados de la Cruz Roja Salvadoreña, habían
esperado más de 5 horas para lograr el permiso de las autoridades. Los heridos
graves que habrían podido salvarse habían ya fallecido. El ejército no
permitiría por una hora más la evacuación de heridos y solo en pequeños grupos y
después de ser inspeccionados por oficiales quienes se burlaban de ellos
diciéndoles que sus propios compañeros los habían lesionado. Los oficiales
tampoco permitieron la recuperación de los cuerpos en las gradas, lo cual no fue
posible hasta el día siguiente.
Por la mañana del 9 de mayo al retirar el cerco militar, las primeras personas
que llegaron hasta la Catedral se encontraron con el macabro espectáculo de los
cuerpos en las gradas. Los periodistas internacionales tomarían fotos que en
revistas como Newsweek darían la vuelta al mundo. Al final, los cuerpos de
alrededor de 25 personas fueron recuperados y enterrados, algunos de ellos yacen
en el Cuadrante Mansferrer del Cementerio General. La historia oficial tendría
el descaro de decir que los manifestantes provocaron todo, los policías solo se
defendieron dijo el gobierno. En El Salvador se iniciaba uno de los capítulos
más sangrientos y represivos de la historia del país y se gestaban los
siguientes doce años de guerra que terminarían hasta la firma de los Acuerdos de
Paz en 1992.
La Comisión de la Verdad de la ONU, producto de esos Acuerdos, investigaría las
violaciones a los derechos humanos a partir de 1980, dejando de lado la masacre
de Catedral. La matanza no se recuerda, no aparece en publicaciones del
conflicto y es un evento perdido más de la historia de El Salvador. Después de
30 años en este 8 de mayo de 2009, los responsables siguen impunes, los
masacrados y sus familias siguen sin justicia, y la memoria colectiva amnésica.
Si en El Salvador ahora son tiempos de cambio, las organizaciones de derechos
humanos, el nuevo gobierno, el Estado Salvadoreño y la sociedad en general,
deben hacer justicia con las victimas, sus familias y con la historia.
(*) Consultor y colaborador de ContraPunto
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